Moher

Cientos de personas recorren el camino empinado que conduce a una de las maravillas de la costa occidental irlandesa. No faltan algunos artesanos que venden sus collares y otros productos con simbología celta, en un marco más que adecuado para ello. Unos metros más arriba, los suaves dedos de una joven artista acarician las cuerdas de un arpa celta, poniendo una maravillosa música de fondo al singular escenario. Un cartel anuncia ‘Cliffs of Moher’ (Aillte an Mhothair), unos espectaculares acantilados de arenisca y esquisto que son visita obligada. Moher es la joya más importante del condado de Clare (An Clár), en la provincia de Connacht, en el oeste de Irlanda.

El vigoroso Océano Atlántico lleva milenios golpeando estas rocas, erosionándolas hasta esculpir el perfil de estos acantilados y crear rocas solitarias que emergen en medio del oleaje. Las murallas rocosas de Moher se extienden a lo largo de 8 kilómetros, a unos 200 metros sobre el nivel del mar, y cuando te eriges sobre ellas puedes sentirte el rey del mundo o el más pequeño de los seres de la creación.

A escasos metros, se yergue la torre de O’Brien, un puesto de observación del siglo XIX desde el que pueden contemplarse las islas de Aran e incluso, en un día claro, según dicen, los picos de la región de Connemara.

Chesús en los acantilados de Moher

Las guías de viaje nos informan de que estos acantilados albergan multitud de aves: gaviotas, frailecillos, cormoranes moñudos, alcatraces, pájaros bobos, pequeños pingüinos… Ahora también me albergan a mí. La belleza es tal que, simplemente, te quedas en paz formando parte de uno de los paisajes más hermosos que puedas ver.