Limerick se sacude sus ‘Cenizas’

A raíz de la reciente muerte del novelista Frank McCourt, se ha difundido la polémica que envolvió al autor de ‘Las cenizas de Ángela’ en la ciudad donde transcurrió su miserable infancia, Limerick. En un artículo publicado en el diario madrileño El Mundo, Zoe Brennan aborda ese subgénero de literatura de miseria del que McCourt se convirtió en principal exponente y, sin menoscabar el valor literario de su obra, repasa el malestar que este best-seller despertó entre sus vecinos irlandeses, que le acusaron de falsear la realidad, exagerar la miseria, deshonrar la memoria de personas reales ya fallecidas… todo para hacerse rico vendiendo libros. Han contado hasta 117 mentiras o inexactitudes. ¿Cuánto hay de memoria en ‘Las cenizas de Ángela’ y cuánto de imaginación del autor?

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Insultos sobre las cenizas de Frank

Zoe Brennan

Han sido escasísimas las veces en que un libro se ha abierto con unas frases tan impactantes. «Cuando recuerdo mi infancia, me pregunto cómo he podido sobrevivir. Desde luego, fue una infancia desdichada; es francamente difícil que las infancias felices merezcan la atención de alguien. Peor que una infancia desdichada cualquiera es una infancia desdichada irlandesa, y peor todavía es una infancia desdichada irlandesa católica».

Así es como Frank McCourt, que murió el domingo a los 78 años de edad después de luchar contra un cáncer de piel, lanzó al mundo un nuevo género literario, las memorias de la pobreza. Tras las suyas, se publicaron docenas de ellas, tantas que en la actualidad se las llama genéricamente mis-lit en inglés (literatura de la miseria). Estos relatos de infancia desgraciada han llegado a ser muy rentables económicamente. Llamadas también entre los editores «memorias conmovedoras», la literatura de la miseria representa en la actualidad el 9% del mercado británico del libro, vende casi dos millones de ejemplares al año y genera unos ingresos de más de 27,75 millones de euros.

Recientemente, la editorial HarperCollins reconoció que había aumentado los beneficios anuales en un 31 % gracias a la literatura de la miseria. Ahora bien, además de poner en marcha todo un fenómeno dentro del sector editorial, el amargo éxito de ventas de McCourt, Las cenizas de Ángela, que ha vendido alrededor de 20 millones de ejemplares a nivel mundial (más de 500.000 en España), fue el comienzo de un terrible enfrentamiento. Los habitantes de Limerick (Irlanda) le han llamado desde «estafador» hasta «caradura» y afirman que fue capaz incluso de «prostituir» a su propia madre en su afán por alcanzar el estrellato literario, al hacer de ella una ramera de la peor calaña que, según el libro, habría incurrido en incesto. Hay algo que no está en discusión y es que, en lo que toca a su estilo literario, una prosa diáfana y con un toque de magia, McCourt no tenía parangón y, digno continuador de algunos de sus compatriotas, se reveló como uno de los escritores irlandeses por excelencia.

En cualquier caso, ¿quién era en realidad ese tal Frank McCourt? ¿Ganó el premio Pulitzer gracias a unas memorias conmovedoras, de un gran aliento lírico, pero basadas en falsedades? ¿O fue la suya, verdaderamente, la típica historia de alguien que salió de la miseria para hacerse rico, que sobrevivió a la extrema pobreza de los suburbios de Limerick para emerger de las cenizas como un ave fénix, como un triunfador? La verdad es que quizás nunca lo sepamos.

Quizás, como hacía McCourt en Las cenizas de Ángela, haríamos mejor empezando por el principio. En el libro, ambientado en los años 30, escribe que, cuando tenía cuatro años, sus padres regresaron de Nueva York a Irlanda, justo al contrario que la ola de inmigrantes irlandeses. La familia estaba integrada por «mi hermano Malachy, de tres años, los gemelos Oliver y Eugene, que apenas si tenían un año, y mi hermana Margaret, que ya había muerto». Frank era el primogénito.

Su madre, la Ángela del título del libro, se había quedado embarazada en Nueva York como consecuencia de «un tembleque de rodillas, es decir, el acto propiamente dicho realizado contra una pared». Cuatro meses después, se casaba con Malachy McCourt por las presiones de la familia de ella sobre su padre para que las cosas se resolvieran de manera decente. A partir de ahí, su madre empezó una vertiginosa caída en el alcohol y en la pobreza, mientras un padre irresponsable se gastaba en beber lo que le pagaban como salario.

Lo peor estaba aún por llegar. La muerte de su hermana, a las siete semanas de nacer, sumió a los padres de McCourt en un abismo de desesperación del que nunca ya conseguirían salir. Sin ánimos para nada, regresan en barco a Irlanda, con Ángela embarazada otra vez. Sin embargo, no pasa mucho tiempo sin que uno de los gemelos, Oliver, muera también. La muerte de su segundo hijo acelera el hundimiento definitivo de McCourt padre en el alcoholismo. Ha prometido llevar a casa carbón para encender el fuego, unas lonchas de panceta, unos huevos y té para conmemorar la muerte de Oliver pero, en lugar de eso, se ha llevado al bar el subsidio del paro de esa semana.

La escuela, repleta de niños de los suburbios, que ni siquiera tienen para calzado, no representa ningún alivio. Los maestros «te pegan si no eres capaz de decir tu nombre en irlandés y si no eres capaz de rezar el Ave María en irlandés. Si no lloras, los maestros la toman contigo porque has hecho que parezcan débiles de carácter ante la clase y se juran a sí mismos que la próxima vez van a hacer que te enteres hasta que se te salten las lágrimas, o sangre, o las dos cosas». Las cosas aún pueden ir a peor. «Seis meses después de que Oliver se nos fuera, en una desapacible mañana de noviembre nos despertamos con que Eugene estaba allí, frío, en la cama». Había muerto de una neumonía.

«ESTOY EN EL INFIERNO»

Y nació otro niño, Michael, el sexto embarazo de Ángela. Mientras su marido se sigue fundiendo en bebida el subsidio de paro, una amiga la regaña por blasfemar contra Dios. «¡Eh, Ángela! Podrías irte al infierno por eso», le dice. «¿No estoy ya allí?», replica. Llega otro niño, Alphonsus Joseph. Por más que su familia tenga que pelearse para conseguir vales de caridad para comida y medicamentos y tenga que compartir un retrete inmundo con otras seis viviendas, McCourt padre se bebe el dinero del bautizo del bebé.

Su padre se marcha a Inglaterra; finalmente, abandona a su familia.
Cuando los desahucian por no pagar el alquiler, Ángela se lleva a su familia a vivir con un primo suyo, Laman. McCourt escribió que su madre y este primo mantuvieron una relación incestuosa. «Subo al desván con la última taza de té de Laman. Hay noches en que les oímos gruñir y gemir. Yo creo que están en plena excitación allá arriba». Laman también pega a los niños.
A los 14 años, McCourt consiguió un trabajo de repartidor de telegramas. A los 19, se marchó de Limerick, para siempre, en busca de una nueva vida en los Estados Unidos. El primer sitio en el que vivió fue el estado de Connecticut, donde llegó a hacerse profesor. Escribió Las cenizas de Ángela cuando ya había cumplido sesenta y tantos años y se hizo inmensamente rico.

Ahora bien, ¿cuánto de su libro, todo un fenómeno literario, respondía a la realidad? ¿Cruzó McCourt la línea divisoria entre los hechos y la ficción? Los habitantes de Limerick, horrorizados ante la descripción degradante de su ciudad, han contado un total de «117 mentiras o inexactitudes» en las 426 páginas del libro, que van desde algunos detalles de difícil comprensión hasta la injusticia de acusar a un hombre de la localidad de ser un mirón. La gente de Limerick hizo un llamamiento a que se boicoteara la película de Las cenizas… Paddy Malone, un conductor de autobús retirado, que aparece en la ajada fotografía de la escuela que figura en la portada original de la novela, se cuenta entre los más furibundos detractores de McCourt.

También él se crió en las callejuelas de Limerick y asistió a la misma escuela que McCourt. «No tengo ni idea de literatura, pero aprecio las diferencias entre los hechos y la ficción», afirma Malone. «McCourt llama memorias a su libro, pero está plagado de mentiras y exageraciones. Los McCourt nunca fueron tan pobres. Tiene un poco de cara».
Malone recuerda que la familia disponía de una agradable pradera de

césped en la parte trasera de la casa y que Ángela estaba más bien sobrada de peso, a pesar de las descripciones sobre el hambre que pasaban, que se cuentan en el libro con todo lujo de detalles. El locutor de televisión de Limerick, Gerry Hannan, encabezó una campaña contra Las cenizas de Ángela. Se enfrentó a McCourt en un programa de televisión y lo llamó mentiroso.

Aunque es demasiado joven para recordar la época sobre la que escribe McCourt, Hannan está convencido de que exageró lo que cuenta de Limerick para que su libro resultara más escandaloso. «Por lo que a mí respecta, es un estafador y un caradura», afirma Hannan. Sabía qué era lo que tenía que escribir para conseguir el resultado que andaba buscando.
En televisión despliega todo su encanto. Ha sacado ese bonito acento irlandés y ha puesto a funcionar toda su simpatía. ¡Ojo, no me malinterprete! El libro está magníficamente escrito. Lo único que ocurre es que no se corresponde con la verdad». Su crítica principal al libro, dejando aparte la infinita miseria absoluta que describe, consisten en el retrato de un chico de Limerick, Willy Harold, como un mirón que espiaba a su hermana cuando ella se quedaba desnuda.

Resulta que el señor Harold, que ya falleció, no tenía hermanas, cosa que el propio McCourt reconoció tiempo después. También se ha puesto en duda el relato que hace de sus relaciones sexuales con Teresa Carmody cuando él no tenía más que 14 años. Por aquella época, la chica se estaba muriendo por culpa de una tuberculosis y los ciudadanos de Limerick se sintieron ofendidos de que él ensuciara su memoria.

Frank Prendergast, ex alcalde de Limerick e historiador local, que se crió a menos de 200 metros de la casa de McCourt, sostiene que si sufrió lo suyo fue porque tuvo un padre irresponsable. «Si la pobreza que padeció fue extraordinaria se debió a que su padre era un alcohólico», afirma el señor Prendergast. «No porque viviera en Limerick. En cualquier caso, ha denigrado a personas e instituciones muy queridas para los que somos de Limerick».

McCourt declaró al respecto: «No me puedo sentir preocupado por estas cosas. Hay personas en Limerick que tienen interés en mantener vivas estas polémicas. Yo he contado lo que yo viví. He escrito sobre mi situación, sobre mi familia, sobre mis padres, ésas fueron las experiencias por las que yo pasé y lo que yo sentí. Algunos de ellos saben que las cosas eran así. Ellos han optado por sentirse agraviados. En otras palabras, se están engañando a sí mismos».

El tiempo dirá si perdura este relato impresionista de una infancia cruel. No obstante, esté o no embellecida, no cabe duda de que ha dejado huella en la ciudad de Limerick, y en la propia literatura.

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8 Respuestas a Limerick se sacude sus ‘Cenizas’

  1. clemente dijo:

    No conocí el South sin reformar -leí el libro mucho después de visitar Limerick por primera vez- pero, creo, cualquiera que conozca un poco la ciudad sabrá ver que McCourt no andaría muy desencaminado…
    Gracias por la info, Chesús!

  2. Chary dijo:

    Me sorprende encontrarme esta mañana con el artículo de Zoe Brennan, un artículo, por cierto, repleto de “inexactitudes” formales. Frank McCourt y su literatura de miseria no forman parte de mis preferencias literarias, que quede claro. Sin embargo, he de reconocer que el autor del presente artículo no me deja indiferente.

    Hay una mezcla de planos (lógico, ontológico y estético) que es difícil de asimilar. Yo, lo mínimo que le pido a cualquier periodista, fíjate, es coherencia.

    Parece que intente demostrar (plano lógico) que Las Cenizas no fue más que una manera de aumentar las ventas y, de paso, los bolsillos de Frank. Para ello recurre a las ‘pruebas’, es decir, a los comentarios de la gente de Limerik, basados todos ellos en el único reproche que pueden hacerle: que no coincide exactamente con la realidad:”el libro está magníficamente escrito, lo único que ocurre es que no responde a la verdad”, dice uno de ellos (plano ontológico). Y como broche de oro, otro vecino comenta “sabía lo que tenía que escribir para conseguir un resultado”. ¡Madre mía! ¡qué argumento! Creo recordar que a eso lo llaman conducta inteligente. Vale, Frank McCourt era una tío inteligente. Hasta aquí esto es lo único que tengo claro, y no creo que sea un reproche. Menos mal que este periodista no se dedica a la abogacía…No hay mal que por bien no venga, ¿no?

    Creo que hay tres términos que resumen el presente artículo: ficción, realidad y (su conexión con la) literatura. “¿Cuánto de su libro responde a la realidad?”, “¿Cruzó McCourt la línea divisoria entre los hechos y la ficción?”, “¿Ganó el premio Pulitzer gracias a unas memorias conmovedoras, de un gran aliento lírico, pero basadas en falsedades?”, “La verdad es que quizás nunca lo sepamos”. ¡Vaya! Por fin la ÚNICA frase que tiene sentido en todo esto! ¡Pues claro que nunca lo sabremos! Es parte de la magia de la literatura… y de la Historia, ¿no? Una novela es siempre una incógnita desde un punto de vista ontológico, es decir, nunca sabremos si lo que se cuenta pasó de verdad o no. ¿Pero qué nos importa a nosotros la realidad cuando hablamos de literatura? La novela nunca trata sobre la realidad, precisamente porque está escrita por una persona que siente, ama, llora, piensa, tergiversa la realidad a su antojo, juega con ella… Incluso la “novela histórica” es antes novela que histórica. ¡Y las memorias! ¿Es que hay un modo de vivir la realidad más íntima que no sea de algún modo una ficción? No entro en el debate sobre si una determinada novela es real o no. Lo que digo es que este debate no debería tener lugar, por absurdo.

    Y por último, ¿dónde está el plano estético? ¿Qué me dice la periodista del estilo del McCourt? ¿Dónde están los argumentos propiamente literarios con los que se debería juzgar toda novela? Ah…, de esos no tiene ninguno. Ya. Como siempre, de las ausencias podemos sacar conclusiones muy valiosas.

  3. clemente dijo:

    Amigo Chesús, encantado de comentar, aquí ‘copio’ mi comentario del muro de Facebook con lo que me dijo al respecto Frank McCourt en una entrevista, cuando le pregunté si había vuelto a Limerick -donde había, y hay, city tours por los lugares mencionados en ‘Cenizas’

    “Sí, he vuelto. Todo ha cambiado. Nunca podré sacar a Irlanda de mí. Volví hace unas semanas. En Limerick hay opiniones negativas sobre el libro, y la prensa hace que sean más fuertes aún. Pero lo importante es que tengo un título honorario de la Universidad, el alcalde me recibió, Las cenizas de Ángela ha desaparecido de las estanterías, cuando pusieron un anuncio buscando extras se apuntaron centenares de personas, y el Ayuntamiento no puso traba alguna al rodaje de la película. Sólo esto derrumba toda controversia”.

  4. Resulta curiosa toda la polémica que se ha montado, ¿verdad? ¿Exageró McCourt su miserable infancia?, ¿debe importar eso en una novela por muy de memorias que diga ser? Creo que habrá opiniones para todos los gustos.
    La verdad es que este género tan deprimente no me va mucho, pero supongo que hay que valorar primero cómo está escrito y luego valorar otras cosas extraliterarias (la realidad, vaya).
    Aunque me imagino que el hecho de aparecer citado en un best-seller con tu nombre y apellido, en tu ciudad, atribuyéndote conductas degradantes, no debe hacer ninguna gracia. Normal que se molesten los vecinos citados por algunas “inexactitudes”, por consiguiente. Otra cosa es crear polémica por crearla. Me parece que el artículo de Zoe sólo busca eso y se queda con algunos testimonios y obvia otros, en función de sus intereses. (No sé si yo he pecado de lo mismo al reproducirlo tal cual).
    Pero este debate está bien. Me gusta.
    Más madera…

  5. julian dijo:

    Coincido con los comentarios. Y tambien con algunas cosas de este articulo de El Mundo.
    Creo que McCourt hizo una especie de pornografia de las miserias humanas y tuvo la suerte de ser best seller y ganar mucho dinero y prestigio paradojicamente.
    Sería peligroso entrar en un debate sobre si son falsedades o no lo que hay escrito en ese libro.

  6. Mujerárbol dijo:

    Llego tarde al debate, pero dejo aquí mi piedrecilla.
    No he leído el libro ni visto la peli, porque tampoco me va la “mis-lit”, pero sí que recuerdo que mi primera visita a Limerick en 1988 me dejó el regusto de una ciudad triiiiste y feorra. Cuando volví, casi 10 años después, la encontré más luminosa y… Bueno, yo también miraba de otra forma.
    Creo que la clave está en que a la “nueva Irlanda” no le gusta verse reflejada en las viejas miserias (MUY viejas), como a nosotros no nos gusta vernos reflejados en la posguerra o la carnicería del 36. En parte es natural. Me imagino que tiene que haber pedagogía (¿pública?) para que las miserias pasen sin atragantarse y eso tiene que ver con una cosa difícil de conseguir: cambiar la forma de mirar.

  7. Claudia de la Espriella dijo:

    Me parece que se exagera bastante en cuanto a la percepción de que Mc Court exageró con respecto a la pobreza en Limerick. Creo que es una potestad de cualquier escritor dejar que su imaginación vuela, áunque a muchos les parezca inadecuado ese viaje. Basta con recordar a otros escritores, por supuesto más estructurados que él, como por ejemplo, Dostoievski para saber que no siempre la verdad y la verisimilitud son lo mismo. El libro está narrado desde la perspectiva del mismo autor, pero es ficción, no una autobiografía.Así que el comentario de Zoe Brennan tiene una aproximación muy limitada puesto que desconoce la epistimología que debe acompañar a la creación literaria. Existe, como bien sabemos, una verdad si se quiere ” real” y otra que está dentro de nosotros mismos. No es ilícito que el autor de “Las Cenizas de Ángela” haya acudido a esa verdad interna. Esta es una vieja polémica que se ha dado muchas veces en la literatura cuando se hacen aproximaciones a una sociedad enferma como la que hizo Frank Mc Court.

  8. Myriam dijo:

    Vi la película y me encantó, me trajo recuerdos de mis estudios de Antropología de la Pobreza. Concuerdo con casi todas las opiniones sobre la apertura que debe haber frente a una creación literaria.
    Entiendo que por salud mental la sociedad del presente haga esfuerzos por desterrar episodios tristes de la memoria colectiva, pero ésta es necesaria. La historia no me pareció exagerada, la mayoría de las veces la realidad supera la ficción. Creo que la Gran Hambruna debe haber sido algo así como lo muestra la película. No se puede ocultar, puesto que una de sus consecuencias fue la “Diáspora” que nos acercó Irlanda a América.

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