Irlanda, a su suerte

Ayer varios diarios del Grupo Vocento (Diario Vasco de San Sebastián, Ideal de Granada, Las Provincias de Valencia, La Voz de Avilés, entre otros) publicaron este reportaje sobre la crisis irlandesa vista desde España. El periodista Carlos Benito entrevistó a dos ciudadanos irlandeses y a mí como amante de Irlanda. Aquí tenéis la parte principal del reportaje. En el próximo post subiré la otra pieza del reportaje centrada en lo que llama “Irlandeses por convicción” (o sea, la gente que nos reunimos en torno a este humilde blog hibernófilo).

Irlanda, a su suerte

Durante unos años, el tópico se volvió del revés e Irlanda fue un país rico que se proponía como modelo. Pero aquella prosperidad se ha desvanecido.
(18.11.10 Carlos Benito)
Hay una cosa en la que Irlanda siempre ha sido rica: los tópicos. Mucha gente que no ha visitado jamás la isla cree tener una idea muy atinada de cómo es la vida allí: un fondo de paisajes verdísimos, un pub acogedor, pintas de Guinness por doquier y parroquianos de gran tipismo que, en determinado momento, sacan instrumentos y entonan canciones que van de la alegría desbordada a la melancolía más sobrecogedora. Otro componente básico del cliché, más difícil de apreciar en esa estampa ideal, es la pobreza, una menesterosidad crónica que acabó convirtiéndose en género literario y cinematográfico, con familias de un pasado más o menos indeterminado que malvivían en barrios grises o emigraban con su miseria a otra parte. Pero los tópicos siempre mienten, al menos en parte, y eso deberíamos tenerlo muy claro en este país de toreros, flamenco, paellas y claveles en el pelo. Durante unos años, Irlanda logró volver el arquetipo del revés y se convirtió en el Tigre Celta, una de las naciones más ricas de Europa, modelo para territorios emergentes y objeto de estudio para economistas de todo el mundo. No había quien la reconociera.

«Yo había pasado años fuera de Irlanda, volví en 1997 y era un sitio diferente. Lo que más noté fue la confianza de la gente: antes de irme, en los primeros 90, Irlanda era un país deprimido que atravesaba malos tiempos económicos, no se trataba de un lugar alegre para vivir o trabajar. Te quedabas en un puesto de trabajo que no te gustaba particularmente y estabas agradecido de tenerlo. Pero, a finales de aquella década, podías elegir empleo y la mentalidad había cambiado», evoca Finola Sloyan, presidenta del Irish Club de Marbella, a la que llamó la atención un detalle muy significativo: «Había obreros ingleses que venían a Irlanda para trabajar en la construcción. En los 50 y los 60, eran los irlandeses los que iban allí, cuando al parecer había letreros en los hostales del norte de Londres que decían ‘no se permiten irlandeses, negros ni perros’».

El auge irlandés fascinó particularmente a los países del Este de Europa, desde los que llegaban viajeros de dos tipos: por un lado, enviados de los gobiernos, que buscaban aprender las claves secretas de la prosperidad; por otro, mano de obra polaca o lituana que perseguía simplemente su propio porvenir. Irlanda, el país de los 80 millones de descendientes repartidos por todo el mundo, el que mandó cinco millones de personas a EE UU en poco más de ochenta años, se había transformado de pronto en receptor de inmigrantes. «Yo conocí ya la Irlanda del ‘boom’ y, desde luego, se veía que aquello no era ‘Las cenizas de Ángela’. Se habían levantado rascacielos de multinacionales y había mucha población llegada de otros países», confirma Chesús Yuste, parlamentario en las Cortes de Aragón y un enamorado de Irlanda, que canaliza esa pasión a través del blog ‘Innisfree’.

«Fue la primera vez que hubo algo de dinero», resume el dublinés Brendan Murphy, que lleva un cuarto de siglo en España y trabaja en el pub The Irish Rover, en Madrid. «Yo tengo 53 años y viví la crisis brutal de principios de los 80, cuando los equipos de fútbol de los pueblos se quedaban sin jugadores por la emigración. Pero el dinero llegó por fin a un país de historia deprimente y la gente estaba muy contenta». Quizá demasiado. Los años del ‘boom’ fueron también una época de precios disparatados, de despilfarro, de esa ostentación despreocupada tan propia de los nuevos ricos. «Había usos obscenos del dinero -se horroriza Brendan-, gente que gastaba cantidades enormes en primeras comuniones o en viajes a Nueva York para comprar ropa… De repente no había coches viejos». Es cierto: en el año 2000 se registraron 225.259 turismos nuevos, un 32% más que en el ejercicio anterior, y hubo momentos en los que la antigüedad media del parque automovilístico descendió por debajo de los cuatro años. El reverso oscuro del Tigre Celta fue ‘Rip-Off Ireland’, la Irlanda del Timo, el segundo país más caro de la UE por detrás de Dinamarca. «Cuando una casa de dos habitaciones en un barrio obrero dublinés se vendía por 800.000 euros, nos parecía una locura pero lo aceptábamos. Todo el mundo parecía estar gastando, gastando, gastando…», recuerda Finola Sloyan.

En su libro ‘Cuando se acabó la suerte de los irlandeses’, publicado la semana pasada, el periodista económico David J. Lynch resume en un par de trazos los casos extremos de esa fiebre de la abundancia: «En los grandes almacenes Brown Thomas, en la calle Grafton de Dublín, quinientas mujeres se apuntaron en una lista de espera para bolsos de Hermès cuyos precios empezaban en 5.000 dólares. Restaurantes con estrellas Michelin como Patrick Guilbaud, hogar del aperitivo de cincuenta dólares, estaban atestados en una ciudad donde, en otro tiempo, la buena comida había consistido en patatas hervidas y pan negro».

Licenciados emigrantes
La caída ha sido proporcionalmente brutal: la crisis de los dos últimos años ha golpeado de lleno al país y los irlandeses han comprobado que su buena racha era sólo eso, un paréntesis que acaba de cerrarse. Muchos licenciados, sin expectativas al terminar la universidad, optan por emigrar al Reino Unido, Canadá o Australia. El año pasado sólo se matricularon 54.432 coches nuevos, la cifra más baja desde 1987. «El sueño se ha disipado y vuelve a haber fila en los comedores sociales, una imagen que retrotrae a la Irlanda de la pobreza», se entristece Chesús Yuste. Y Brendan Murphy establece puntualizaciones: «Hay bloques enormes de apartamentos y oficinas de lujo que nunca se van a ocupar. Eso sí, los grandes empresarios ya habían vendido todo: los que están pagando son la gente de las ‘pymes’ y esas personas ‘normales’ que habían comprado ladrillo y ahora no tienen forma de vender ni de alquilar». La población mira a sus gobernantes con desconfianza e indignación: «Hay muchos que nunca disfrutaron el estilo de vida del ‘Tigre Celta’ y ahora se espera que paguen por la codicia de los bancos. Es muy injusto», plantea Finola.

El tópico irlandés, esa verdad a medias que parecía borrada del mapa, ha vuelto a asomar la cabeza: «En los años del auge, ya no teníamos por qué ser los melancólicos con una pinta de Guinness, tocando el violín en una cabaña -ironiza Brendan-. Éramos los nuevos europeos, quizá había un poco de arrogancia. Pero la gente está volviendo a sus cauces y recordando de dónde viene el pueblo». Finola coincide: «Durante años, la bebida de moda han sido los buenos vinos y, por la noche, prosperaban los restaurantes ‘gourmet’. Ahora conocemos a chicos de 20 años que toman Guinness porque se ve como una bebida masculina. Si, en tiempos del ‘boom’, se consideraba una cosa propia de hombres mayores, ahora se contempla con una mirada sentimental y se identifica como una bebida irlandesa».

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3 respuestas a Irlanda, a su suerte

  1. bruno dijo:

    La verdad es que tanto el origen de la famosa “crisis” como la solución tomada para intentar superarla son como para comer cerillas y arder en ira destructiva.
    Soy de los que opinan que el dinero,como la energía,ni se crea ni se destruye,solo cambia de bolsillo,y eso hace que cuando leo o álguien me habla de los famosos “mercados” me entren instintos asesinos. Ni éramos tan ricos como a muchos indujeron a creér ni somos tan pobres como ahora quieren que creamos.

  2. Errigal dijo:

    ¿Es tan distinto a España?
    La primera vez que estuve en Irlanda en 2006 coincidiamos con la dueña de un B&B de Letterkenny en que la situación de la vivienda en ambos paises era muy similar y que el crecimiento tenía mucho de insostenible (en ambos paises).
    Hoy tenemos encima la demostración de la insostenibilidad, pero no solo del crecimiento irlandés, sino de todo el mundo (la parte del mundo que crecía, claro). Ahora, nos volvemos todos a nuestros gobiernos y les recriminamos nuestra situación mientras seguimos “vendiendo nuestra alma” a los bancos y multinacionales que nos den los precios más baratos aun a costa de desmantelar nuestro sistema productivo. No olvidemos nuestro poder como consumidores.
    Y es que es evidente que los gobiernos han tenido mucha culpa, pero la culpa de permitir el demantelamiento del estado a favor del sector privado y de no haber sabido parar los pies a los que verdaderamente están sacando “tajada” de este asunto y que además lo ven como la forma de seguir avanzando en su enriquecimiento (vease a quién favorecen las políticas que se están imponiendo y las cuentas de benficios de determinadas multinacionales, incluso españolas).
    Ese creo que ha sido el mayor pecado de todos los gobiernos, pero la sensación es que aun piensan cometer uno mayor, el de no dar marcha atrás y seguir vendiéndose al capital.
    En fin, ójala esto le sirva a Irlanda para recuperar su esencia, para retomar lo más auténtico de esta gran nación, su hospitalidad, su solidaridad… como toda crisis, tiene sus oportunidades, ójala que todos las sepamos aprovechar.

    ¡¡Ánimo Irlanda!!

    Permíteme Chesus recomendar un libro “Sus Crisis Nuestras Soluciones” de Susan George.
    Enhorabuena por tu blog

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