‘La mirada del bosque’, vista por José Manuel Benítez Ariza

Estas son las palabras que pronunció el escritor gaditano José Manuel Benítez Ariza en La Casa del Libro durante la presentación en Madrid de La mirada del bosque, de Chesús Yuste, el día 26 de noviembre. Este texto está disponible en una de sus bitácoras:

Es para mí un placer acompañar a Chesús Yuste en la presentación de su novela La mirada del bosque.

Chesús Yuste nació en Zaragoza en 1963 y es licenciado en Historia Contemporánea. Es articulista habitual en la prensa aragonesa, donde escribe sobre actualidad nacional e internacional, y ha escrito abundantemente sobre todo tipo de cuestiones relacionadas con la cultura y la historia de Irlanda y Escocia, sobre el proceso de paz irlandés, etc. La mirada del bosque es su primera novela, y que ésta trate de Irlanda no debe sorprendernos, a la vista de los antecedentes mencionados. Chesús Yuste, por cierto, es diputado en las Cortes de Aragón.

La mirada del bosque es una novela policiaca y detectivesca a un mismo tiempo. Quiero decir que reúne requisitos de estos dos tipos de novela que los expertos consideran géneros distintos, cuando no opuestos. Es policiaca porque presenta la típica confrontación entre trama criminal y acción policial que define el género, y a través de ella ofrece una visión panorámica de la sociedad en la que transcurre la historia, en la que “buenos” y “malos” representan otros tantos agentes sociales; y es detectivesca en cuanto buena parte de la trama consiste en el progresivo desvelamiento de una serie de datos o claves que, al final del relato, debidamente ordenados e interpretados por el sujeto investigador, proporcionarán la solución del enigma planteado, que no es otro, como es propio del género, que la autoría de un crimen.

Un rasgo singular de esta novela es que ese “sujeto investigador” que hemos mencionado no es un detective al uso, al estilo de Sherlock Holmes o el padre Brown; es decir, un individuo dotado de una singular capacidad de observación y una gran perspicacia, sobre el que recae el peso de la recolección de indicios y su debida interpretación. Aquí el detective, por el contrario, es toda una colectividad: un grupo de amigos o vecinos que se reúnen semanalmente para cenar en casa de una maestra que escribe novelas policiacas y gusta de discutir sus tramas con sus invitados. Hay que decir que, en apariencia, ninguno de estos invitados, ni siquiera la autora de novelas policiacas o el jefe de la policía local, parece dotado de esa casi milagrosa perspicacia de la que hacen gala los detectives al uso. Son, más bien, personas normales, que tienen sus prejuicios e incluso sus limitaciones, y que frecuentemente, cuando aportan un dato a la investigación, han de reservarse parte de lo que saben, porque ese descubrimiento se ha debido a intuiciones o azares determinados por la idiosincrasia de cada cual, pero que difícilmente podrían ser aceptados por la totalidad del grupo. No voy a entrar en esos detalles, porque sería tanto como destripar la novela, pero sí creo que puedo adelantar que lo que uno descubre por su conexión con el IRA, o como secreto de confesión, en el caso del cura, o por creer en brujas y adivinaciones, como es el caso de otra de las concurrentes a este círculo de detectives aficionados, no puede ser puesto sin más en conocimiento del jefe de la policía. Lo singular, por tanto, de la trama que construye Chesús Yuste es que está hecha de esas medias verdades con las que estamos obligados a entendernos unos con otros, puesto que ninguno de nosotros puede correr el riesgo de descubrir su verdad íntegra. Y para solventar esta dificultad, el autor propone una solución poética: la posesión de esa verdad íntegra, inasequible a las limitaciones y prejuicios de cada cual, corresponde a esa “mirada del bosque” a la que alude el título de la novela.

Es ésta, además, una novela de personajes. El autor ha caracterizado con mimo a cada uno de ellos, los ha dotado de ese requisito fordiano –por John Ford, el director de cine– de que cada uno tuviera un trasfondo y una biografía, aunque su paso por la trama sea breve. Es decir, La mirada del bosque es una de esas novelas que presupone otras novelas, correspondientes cada una de ellas a la historia de cada uno de sus personajes. Y esas novelas o historias latentes son tanto más interesantes en cuanto que el autor, haciendo gala de su condición de historiador y de analista político, sabe entroncarlas con los aconteceres principales de la historia de Europa del último medio siglo. De ahí que tengamos, entre estos personajes, a un antiguo militante del IRA, a un hippy, a un cacique local o a diversos representantes del desarraigo contemporáneo.

La trama, lo hemos dicho ya, transcurre en la República de Irlanda. En concreto, en una pequeña localidad cercana a la frontera con el Ulster. La realidad irlandesa, por tanto, juega un papel importante en la trama y determina algunos de sus giros. La mirada del autor, creo –y eso lo podrá explicar él mejor que yo–, simpatiza abiertamente con la idiosincrasia de esta pequeña comunidad, que a ratos recuerda la que describe John Ford en su inolvidable película El hombre tranquilo; pero, al igual que el cineasta, el novelista mezcla fascinación e ironía, y no nos esconde las contradicciones de esta sociedad aparentemente idílica. Por ejemplo, la esquizofrenia que supone tener por idioma nacional una lengua, el gaélico, que, como vemos en una cómica escena al comienzo de la novela, no permite que se comuniquen entre sí quienes lo hablan de nacimiento, como es el caso de los campesinos , y quienes lo han aprendido en el colegio. O, derivado de este hecho, el detalle singular de que todos los personajes de esta novela ostenten complicadísimos nombres y apellidos gaélicos. Tampoco oculta esta novela –y en este detalle conecta con la actualidad periodística más reciente– los misterios de la aparentemente boyante economía irlandesa de esos años, cuyo triste desenlace conocemos ahora: en esta novela se ven las corruptelas que surgen en una economía subvencionada y dependiente, que no ha cambiado apenas la vieja estructura de clases ni el desigual reparto de la riqueza, y en la que hay quienes se aprovechan de los resquicios del sistema para enriquecerse fraudulentamente.

No digo más, y pido disculpas ya por si he dicho demasiado. Sólo me queda declarar el placer que he sentido al leer esta novela de estructura clásica, escrita con elegancia e inteligencia; y animarles a todos a que compartan conmigo este placer.

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