Un invierno en Monaghan: ‘En la proa de cristal’, de Néstor Rojas

El otro día el poeta venezolano Néstor Rojas compartió con nosotros este poema alumbrado durante un invierno vivido en Irlanda. Nos lo presenta con estas palabras: “Estos poemas los escribí en la Casa Grande de Annaghmakerrig, en uno de los tres condados que forman la provincia del Ulster,  Monaghan (Muineachán),  Muine Cheain  o Tierra de las pequeñas colinas, en la República de Irlanda (Éire, la del sur), la isla esmeralda. Me acuerdo que era 24 diciembre de 1994 y el frío era tan intenso que  congelaba los huesos.” [Más info en su web.]

En la proa de cristal

Néstor Rojas

“El silencio de la nieve, pensaba el hombre que estaba sentado inmediatamente detrás del conductor del autobús. Si hubiera sido el principio de un poema, habría llamado a lo que sentía en su interior el silencio de la nieve”. (Orhan Pamuk).

Si hubiese sabido
que era tan lejos el camino hasta la Casa Grande
me hubiese ahorrado la odisea de ir
hasta la oscura Dublín
y seguir el rumbo que hizo ese dios petulante
que escribió el paraíso de Ulises.

Claro: El mundo está más allá de ese lago.
Más allá de esta isla llena de niebla y cuervos graznadores.
Aquí las casas tienen chimeneas
y se llenan de humo:

¿Cómo leer entonces en el humo
lo desconocido?

Los secretos están escritos
pero nunca fueron revelados.

¿Qué ves ahora?

Se hace la casa.
Se construye piedra sobre piedra.
Hay luz en el vientre materno.
Esa cueva de roca está abierta para que entre el aire.
El sol,
el breve y pálido sol de este lado
también entrará como llegó la noche  y el frío.

Un hombre vestido de azul,
con bragueta
y arrodillado,
echa  sabiamente la mezcla:

pasa la cuchara,
toma una baldosa
y la pone justo en su lugar.

Aprieta la barriga como si fuera a nacer
y empuja:

Hay calma porque está llegando la luz a la puerta,
al umbral de otra vida.

Se oye el chirrido de la hoja circular de metal.
Se oye girando
a la velocidad de la muerte: Qué corta, acaso
carne para los perros
o madera para levantar la Casa Grande?

Molly corre por el patio: no tiene frío.
Salta las baldosas.
Se regresa
y vuelve a saltar.
Gira la casa por detrás.
La gira por delante.
No dice nada,
no aúlla.
No ladra.
Es muda esa chica como el ajonjolí.

La Mary limpia: hace el hogar.
El fuego que hoy comeremos.
Sobre la puerta hay una luz
amarilla y débil.

En su estudio un hombre mira el cuadro
desde afuera:
Hizo todo lo que pudo: lo intentó
y de eso se trata:
Hay que intentar el salto con todas las armas.
Gustosamente hacer el mundo
y olerlo con todos los sentidos.

Hay que verlo,
descubrirlo con los ojos y el alma.
Con la nariz y el oído del corazón oírlo
hasta soñarlo.

Si la blancura del papel brilla
es porque sirve para envolver tabaco
y fumarlo placenteramente.

De alguna manera
hay que calmar  esta frialdad que se cuela
por debajo de los pies
y cala hasta en los huesos.
Abres la puerta y hasta mí llega el frío.
Oigo sus pasos que vuelven suben la escalera.
Suenan sobre la madera
plo plo plo sueniando así suenan
en esta residencia de Annaghmakerrig,
donde de frente al lago escribo
lloviznada.

Cae la tarde cae.
Un árbol oscuro se mueve en la oscuridad del cielo
y todavía el día es azul.
Una flecha es vena arterial agitándose.
Recuerdo: Ayer vi flechas apuntando hacia todas partes.
Yo estaba como en una encrucijada
perdido y no podía volver.

La mano sobre la mesa toca las franjas
grises: No son los ojos del buey,
pero sí unos orificios oscuros que no conocen la luz.
Sólo las sombras de los cuervos van
y vienen graznando.

Enciendo otra bombilla.
Ya no veo el hombre con la bragueta que pasa otra vez el cepillo
y llena los huecos con una mezcla blanca.
La pesada carga me cuelga
como si fuera esa rama que cae.

¿Quién llegó a la casa que ves?

El que llegó busca por los alrededores:
Me busca o tal vez me olfatea.
Camina hacia acá.
Se devuelve.
Desde esta torre en lo alto lo veo venir.
Aunque corra no podrá llegar a tiempo:
Todo se cumplirá.

Ella saca tierra. él mueve la mezcla. echa más cemento
para que se endurezca sobre el suelo
el piso todavía no está listo. faltan losas todavía.
no corras entonces
que te puedes caer
y por aquí no hay farmacia
ni pan caliente ni leche
nada
hay.

¿Qué quieres de mí
si ya tengo las orejas frías
y las tripas sedientas?

Otra vez cruje la escalera.
La silla donde estoy
Cruje. miro
hacia fuera.
Mary estruja un coleto para que se le salga todo el agua.
Ella se acerca a la mesa donde escribo
y me da un pedazo de puerco.
Unas ruedas congeladas de tomate me da
y una cebollas quemada
para no me queje.

¿Cómo muevo el cuchillo sin que ralle la losa?

Paso los dedos por el plato
y abro la mandíbula para tragarme el bocado.
Hace falta mover el cuerpo porque las piernas se me enfrían.
Por aquí ya no entra el sol.

A la orilla del lago
baila la noche
de los santos templarios
entre lobos y aullidos.
Y cómo te miro mi negra
si mis ojos están congelados
y hay nieblas
y nubes oscuras
cerca de la torre que mide la velocidad
de los vientos.
hay flores y rosas
abriéndose.

¿Quién las mira?

De vez en cuando
como hoy
camino
entre piedras que siguen el curso
de las aguas

En la loma
florecen amarillentas
las rosas frías
mojadas de rocío
lloviznadas.

y yo estoy aquí
en este pequeño paraíso invernal
lloviznándome,
mojándome
con la cabeza cubierta
con abrigo
y guantes
todo trapeado
para que no me caiga la peste
para que no me salga el asma
y comience a pitar
a cantar

Cuáles pétalos
quieres para adornar tu celeste locura
Hölderlin
si lo que hay son espinas
y hay nieve
en newblis
que está enneblinada hasta el tuétano.

Con su altos ramajes sin hojas
y este deshojamiento
y estos árboles deshojados
se deja ver un cielo
parecido a tus ojos.

¿De cuál río me hablas?

Lo que veo desde esta proa en lo alto
es un lago patitieso
congelado
crecido
sin peces
sin olas
nievulado
hasta las orillas

Es invierno
y llovizna y hay neblina:

un temblor
suena en la carne proscrita
neblítica
fría
fría
fría

En qué lengua
me dices lo blanco
si exagero lo gris con soltura
para que se entienda que nada hay que pintar.
Sólo hay nieve, lo blanco de la alucinación.
Acentúo las líneas que mañana serán fulgor.

En lo alto y a la izquierda
de la casa grande
ojeo viejas revistas.
Sacudo bolsas para ver si hay un poco de sol
escondido en el papel.
Un hombre allá empolvorea la sala
para que los pulmones se calienten.

hay bufidos en las tripas de la casa
y bufones en la televisión.
Como un toro en corrida
echo humo por los huecos de la nariz
Soplo
para espantar el frío
Me saco el aire caliente
me ensoleo

La pequeña estrella que tengo aquí
adentro
traída de la vieja Angostura
todavía no se apaga
Me queda algo de su fuego:
una chispa
apenas una brizna de sol
un poco caído

Al estilo de un samurai vivo.
Pienso
ahora que el poema me exige otra belleza
sin ditirambo ni coro.

blancas plumas de ángel
caen al piso.
Soy el samurai admirando sus vísceras,
extasiado
como sintiendo el orgasmo del suicidio.
Vaciado de sí mismo
sin entrañas
se ve mi cuerpo en el espejo

la esperma roja
no vuela
se arrastra coagulándose.

No es fácil caminar en la nieve:
The snow of the mountains
se ven a lo lejos
pero no son tantas las montañas
como abundante es el frío
en esta noche de estrellas.

Abajo,
Cerca de la proa de cristal:
Mi pequeño barco en la nieve.

Más allá,
el pequeño mamífero carnívoro saltó.
Con sus ojos tenaces vio que era fácil atravesar las paredes.
Se deslizó a tientas por la cuerda de arrastre.,
Se arrastró alejándose de los Altos Centinelas,
que vigilaban sin perderlo de vista.

El sólo pudo lanzar al otro lado sus gritos de arenisca quejumbrosa.
Una bala veloz atravesó su frente.
Acurrucado como si fuera a nacer,
olió el mundo con todos los sentidos:
lo vio  lo descubrió con todos los ojos.
Por la nariz supo que estaba cerca,
más acá del oído de la razón que no vive en la trinchera profunda.
Después, seguro de sí mismo,
se acercó al blanco con puntería:
Y acertó.
El hombre vestido de militar
disparó rápido sin apuntar.
Al instante cayó la presa a los pies del tigre con botas
y gorra verde.
Una bandera en su asta militar cubrió la sangre.
El cuerpo todavía estaba vivo.
Elegante con su traje en la foto.
Ahora
está en la trampa que gruñe,
el armadijo, el lazo prendido en el cuello,
el cepo para que caiga la risita
y cae.

La sombra gibosa se desliza por el techo,
blanca, cubierta de nieve.
Estornuda y su estornudo es un hilo corto de tripa.
Socarrón.
Así verás la bolsa al pie de la puerta
negra sobre lo blanco
en pliegue,
sin moverse.
Así verás los dos cuadros de Los Miserables bajo el ramaje negro.
Alárgate, poeta,
estira el cuello.
Porque en el  mundo para comer hay que volverse jirafa.
Saca la cabeza para que veas la nieve cayendo:
briznas cayendo,
hojas níveas blanqueando el paisaje,
todo aguanieve
para que juntes las manos
y te pongas a pensar
mientras miras
y miras las dos espirales,
los círculos nevados,
triángulos como tréboles neviscados,
a la derecha,
arriba,
abajo,
veloces saltan,
te buscan para que salgas de allí.

Estás encuevado,
abrigada la piel como pavo en la corte,
ligeramente instantáneo
como esa luz que se va.

Ahora es sombra negra lo que viene.
Es noche con anzuelos
para que caigan los ojos y se aten al sedal.
Ojos cortados en trozos pequeños:
Tres navajazos cruzan la brisa para que cese la risa:
Tres cuchilladas certeras te abrieron el pecho
para que suene el tambor con cuerdas de tripa
y suenen las pisadas enérgicas de los militares
que vienen gritando para mayor resonancia.
Para que todo se enrede y se enmarañe
y venga el gran regañón,
el que husmea,
el que resuella repetidas veces,
el que puso la celada,
el que acecha para caer
el que ya calló
en mi patria pequeña
como esa nieve inesperada que cae
a mis pies de poeta con artritis.

El insidioso está detrás.
Escondido puso la trampa porque quiere cazar culebrinos.
Es el gato tortuoso que espera el momento.
Para refunfuñar  gruñir  regañar.
Para dejar los huecos en la carne,
las troneras en los cerebros
y hacer embutidos con todos nosotros que nos reímos tontamente.

Andamos en bata tranquilos por la casa desmantelada
ya por lo ratones,
por las víboras que pasan fugaces fumando.
Porque la casa es el gran fumadero:
el gran salón de fumar
y está humeante humosa,
ahumada,
olorosa a salmón destripado,

ardiendo sin llama,
llena de esa niebla espesa
y oscura que no viene del bosque.
Porque el bosque y todo lo que volaba entre los árboles
se fue cuando llegó tanto humo que sale de tantas bocas.
De tantas fábricas sale la humatana.
Aunque en todas partes se dice no smoke.
Para que el inglés entienda.

Se dice no fume para que el español entienda.
Pero todos fumamos: nuestras bocas son sahumerios
cigarrillos prendidos,
tubos negros de humo,
bocas como locomotoras
y qué humero se humea en todas partes.
Qué humarada saliendo de todas las bocas
llenas de humo,
de las pipas,
de los pitos de las tripas,
de los ojos,
de las cajas,
de las cámaras,
de los hornos,
de las máquinas,
de las armas de los aviones,
de los lujosos coches fumívoros
y no hay lavadores de humo.

Todos nos tragamos humo.
Después lo botamos pomposamente
por nuestras chimeneas que humean.
No hay ningún sitio
que no quede sin humo:
El mundo es un vagón de fumar,
una tertulia en que se fuma,
aunque el mundo se prohíbe fumar para curarse del moco,

de la tos que le sale con humo.

El aire que respiramos está ahumado,
lleno de humo
como la vida que se fuma contra el humo.

El mundo se pone la careta.
Se pone el casco de protección contra el humo.
Pero todo es un humero,
una masa sin forma,
que echa su fumarada hacia arriba.
Para que flote la humarenta que flota,
por encima de nuestras humeantes cabezas.

Ahí se queda el humo para que se respire
y la aspira ese mundo que fuma.
Que avanza con su cortina de humo
hacia lo desconocido.

Dios también olfatea ese humo que sale
de las bocas de los fumadores,
de las chimeneas,
de los tubos de escape que echan fuera
lo que flota venteado,
ahogado,
vuelto humo y cómo se cura el mundo del humo
si todo sale del humo.
Pero el que puso la celada no fuma: él sólo husmea
y resuella con ganas de llegar al poder.

Él puso los lazos como cepos
para cazar los ratones culebrinos
que aparte de fumar se meten lo blanco,
el polvito de amapola que tiene el color de la nieve.

Ahora cae mucha nieve.
Se estrella contra el tragaluz
haciendo bolas de nieve como campanas blancas
como copos que cubren los arbustos
alas de las mariposas.
Aves aprisionadas con nieve
nubes derrotadas
y todo es una nevada en los ojos, una nevasca
en los ojos cegados por el reflejo de la nieve
que cae como aletas
como pedazos de alas
como plumas sitiadas
y es nieve lo que cae,
agua con nieve y  todo es frío que me despluma,
todo es suelo nevado,
coronado de cielo
todo nevoso, níveo, puro,
sin mancha para que todos fumemos la pipa de la paz
en este vagón con el letrero: “Se prohíbe fumar”

Irlanda, 02 – 03 – 1995

Este ángel que me ve desde la nieve no es una libélula:
Fue expulsado de entre los escribanos y copistas.
Ahora, está con las alas caídas.
Parado sobre el cráneo de un toro inmolado,
que tiene los ojos rojos.
Sus pies son aletas con plumas de halcón
y parecen garras de un felino.
Pareciera que está pidiendo clemencia:
Sus brazos caídos, emplumados, ya no tocan lo alto.
Él sólo oye las benditas palabras de su creador:
Al fuego serás condenado dice Él, muy arriba  muy santo.

Los perros de San Bernardo seguirán tus lamentos.
Quién de los tuyos cargará tu cruz
y tu bandera acuchillada.
Quién guardará tus plumillas soberbias y ferales.
Quién cuidará de tus hongos rusteados y juncosos, ya terrestres.
Qué aldeano curará tus heridas

y mirando tu agreste mirada clamará:
“Bendito seas bajo el hacha adornada.
Bendito sea tu corazón rojizo de herrumbre.
Bendita sea tu negrura libre, príncipe devilish.
Esta noche oirás el crujir de la seda  y el murmullo de las llamas.
Esta noche arderán hojas en la boca del dragón celeste.
Esta noche yo estaré centelleante en el fondo de tu corazón.
Seré serpiente dragón en mi nave veloz sin aspa y sin vela.
Porque seguro yo estoy en mi mundo mío sólo mío,
mi mundo jaguaro.

Estas piedras antiguas
fueron traídas para la decoración de la Casa Grande.
Ahora miro esa nave aullando
en la cima de la luna del día,
abanto de los astros.

Esas sombras agazapadas en su cueva
y al acecho están: Gigantescas, sarcásticas:
Cuántas esperan el tiempo del huracán
entre los bastidores.

Desde aquí, oigo ese silbido
tallando en la roca las figuras humanas
con rostros cibernéticos.
Mientras, dos aburridos diputados con caras de focas
conversan
en las sillas primeras.
El círculo amolado atraviesa la piel.
Tajo por tajo va partiendo, rebanando,
cincelando los troncos,
que serán arrastrados hasta el patio de la Casa Grande
donde los pensadores recomponen el mundo,
donde los cuchilleros enseñan sus colmillos
entre los filos relucientes de las cuchillas
que vienen y van haciendo obras de arte.

En el patio de la Casa Grande
quedan los cuerpos alineados listo para la exhibición.
Pedazo tras pedazo fueron esculpidos.
Atrás: el sol pulpo cisne brilla
entre las ramas deshojadas.
Míralo cimbalero.

Cómo asoma su cabeza dorada.
Su plumaje blanco aceitado.
Míralo brillar las lubricadas piezas:
Una por una para que suene el tambor de buen gusto
y dé la hora exacta del escape sin plan.
Míralas porque el pájaro negro canta y dice:
Malhaya el día en que se abrió ese telón
para ti,
blasfemador de oficio.

Ella te llamó a la escena para que recibieras los aplausos,
brevemente,
pero con reverencia.
Tú saliste y saludaste a la multitud
a la usanza de los triunfadores.
Sonreído,
delante del cortinaje rojo,
sin máscara ya y envuelto en la locura.

Como un burlón profanaste mi cueva
y desolada quedé.
Ahora voy en descenso
como una estatua negra y sin cabeza
para la posteridad.
A los pies de esas montañas enneblinadas:
¿Cómo me ves, desde aquí, entre flores
rosadas?

Éste es mi jardín a la orilla  de ese lagoceleste
descrito por Tundale.
Ese viejo monje vio la cara oscura del otro paraíso,
que llamamos infierno.
Todo esto es para ti.
Para que vengas a mí,
que ya no vuelvo a las profundidades del mar.

La Atlántida es bella, pero no quiero volver.
Quiero recorrer palmo a palmo los caminos,
que dibujó en el cielo Santiago de Compostela.
Vente para acá para que andes conmigo
mí coneja y veas el mundo con libertad.
Esta es mi casa y es la tuya para cuando te vengas a Irlanda
por encima de las olas
y puedas soltarte los cabellos,
atravesar estas aguas de Joyce,
que ahora hacen piruetas.
Es la hora de jugar con ellas mis elfinas.

La primavera llegó
y va cubriéndolo todo de flores.
De pétalos para que yo descanse mis ojos.
A usted le escribo para que dejes de andar
Precipitadamente.
Para qué tanta prisa mujer
si el tiempo es libre, pero no anda de paso,
de carrera no anda como andas tú allá en Nueva York
con camisa de once varas
y los bolsillos tan cortos.

Vente para acá que tengo para ti un galgo
para cazar venados
y un lago para que se reflejen las estrellas de tu lozanía.
También tengo un tragaluz sobre la cama,
para que veas el cielo
y entre las estrellas te veas mi amor.

Te asomas por la ventana
y lo ves pasar sin malicia ni apresuramiento.
Él va de paso y silba secamente.
Silba su vieja tonada.
A veces,
calla y escupe y encorvado sigue hacia la cúspide,
donde brilla el cuerno de la luna con raíces.
Puede ser mi príncipe que ha vuelto,
piensas dejando correr tus pensamientos,
achispándose como haciendo cabriolas
en el vacío de tu cabeza que anoche fue trazada,
nuevamente
mientras dormías con ella emplumada.

Qué fulgor recordaste siguiendo la estela
invisible de tus pensamientos
sin disminuir su velocidad
interrumpiendo a saltos su curso
para verte con ella en el jardín delicioso,
arrimados a la tibia candela
hecha con sangre.

Esa noche escuchaste los chispeantes crujidos del corazón
vendido a los señores.
Acaso ellos saben cuánto cuesta una amapola con alambres
y balas para sembrar la tierra de muertos?

En tu sueño ahora ves el camino.
Ése te lleva a un monasterio
hacia el lugar de las altas y blancas montañas.
Mientras tanto,
yo no sé qué hacer con mi vida.
No sé cómo poner la balanza en el fiel
si mis ojos están agujereados
y se hacen aire sobre los abanicos de buitres.
Estos son mis intestinos.
Éste mi corazón que lleva la bandera de la soledad
y éste es mi cuerpo que se quemará
para que resplandezca las almas de los caballeros águilas
y los corazones de los caballeros tigres de Huitzilopochtli,
señor y caudillo de los altares sagrados.

Él continúa caminando, silbando con el pecho abierto.
Ha sido condenado a la muerte
por su rebeldía.
Por haber desertado de su propia hueste.
Ahora,
él ha tomado el camino contrario a la ciudad
y viene hacia ti, forastero.
Si sólo lo sientes venir no te asustes.
Él llegará a tu corazón
y vivirá en tu alma.
Afuera,
el pájaro bobo corta el mal de raíz: lo corta,
lo hace pedazos.
Degüéllalo, quítale de un tajo la cabeza
a esta paloma torcaz.
Para que no siga pensando que todos somos pasto de su siembra.
Mátalo para que no siembre el paisaje de muertos
y después cierra las cortinas.
Ocúltate para que él no te vea y luego vete sin prisa.
El sol tocará la sangre caliente
e iluminará la curvas y redondeces de esa mujer frescachona
y rolliza
que va hacia el lavandero para hacerte sufrir.
Esas curvaturas de mármol es manjar que no se comba.
Ella, la perversa,
se dará cuenta de lo sabroso que es ser mirada con deseo.
Tú deletrearás su nombre
y soñarás que ella abre sus piernas
de muselina.
Te ofrecerá su piel cubierta con cojines
y suaves sedas.
Dejará que tu cabeza caiga suavemente
entre las almohadas salpicadas de perfume
y dejará que los bolos blancos se deslicen.
Que se anden por la mesa del billar.
Las bandas amortiguarán el golpe.
Tú quedarás cuspidado y entre cursiva
para que puedan verte los inquilinos del mundo.
Quedarás patitieso entre tantas palabras elásticas
y flanes y bolos que se mueven aquí
y allá
y en todas partes se mueven como deseos puntiagudos
a la caza de la trompa colmillúa
de ese corvo animal torciéndose sin cabeza.
Al final de la tarde,
abrirás las suaves cortinas
y te irás en descenso por los hielos divinos,
donde el idólatra poeta sueña que baja al origen otra vez
sin corazón.

El custodio de esta cárcel
los verá revolcarse en la sangre.
Ahora cortan la madera de los pocos árboles que quedan.
No harán el papel donde escribirás tus sueños.
Seguirán ampliando el progreso.
Esos árboles deshojados con sus plumas quemadas p
nunca reflejarán tus pensamientos.

Sentado en la nave del templo
entre muros escritos  y filas de arcadas
bendito será, tú el canonizado,
con casco espiral cual serpiente enrollándose.
Eres cabeza de león puntiaguda.
Cabeza cubierta de plumas y signos en los anillos
Dorados.
Hacia la parte de arriba está el Custodio
en ascua simiente
calígene.
hay veneno en la punta de su báculo.

Pero está aquí entre nosotros el rey de esta comarca.
Pastor de ovejas.
Verdugos de asesinos y degolladores.
Castigador de mentirososvioladores.
Está aquí vestido de blanco hasta abajo,
embatolado con adornos en clave
y ante mis ojos está
entregándome un tubo bermellón
donde se guardan las santas escrituras.
Fueron escritas con sangre
mucho antes de la salida del sol abedul

y qué hago si la llave abre el ojo del halcón
y desata los aires que consume los pétalos
de esta rosa que se enfría.

Qué hago si se ya no se escuchan los cantos de pájaros
en la secreta abadía.
Lánzate, arrójate al lugar inferior que comenzó la cuenta.
Te llevarán los vientos.
Te llevará el tiempo del hongo devorador de cielos.
Para que quede arraigado,
y ya no puedas echar tus raíces
profundas
en la tierra,
cuál tierra?

En las profundidades de arena
ahora estás colocado en la región de las aves oscuras.
No hay ciervos ni galgos,
hienas sí hay
y cuervos tendrás en los ojos.
Correrás para que no te agarren los perros cazadores.
Hay francotiradores al acecho.
Hay trampas y cuerpos mutilados.
Hay caminos llenos de grillos y bombas.

Cómo dejar de pagar la sangre que dijiste cayera sobre ti.
Cargarás con esa cruz.
Culebras venenosas se ceñirán a tu cuello.
Pero nunca te declares vencido.
Purgarás tus faltas en el vientre de la soledad.
El dolor te purificará.
Tus alma tendrá esa luz color de berenjena.

Cómo extiendo los surcos relejes
y me llevo la tabla de los códigos santos.
Cómo me voy de un lado a otro
tartamudeando,
sin abrigo y recursos defectuoso
y corto de vista como ya estoy
tanto que no veo
el mundo que se alimenta de abejas.
Mi barriga velluda zumba en el asiento de atrás.

Por la ventana del bus veo desolada la tierra.
Trazada, dividida en todas sus partes.
A quién le toca cuál delicia.
A cuál el encanto que tenía.
Ponen cercas. Ponen límites.
Delimitada está la tierra ya escaza de deleites.

Mis ojos en ruinas
ya no quieran recrearse.
Moroso en pago no estoy
ni tengo la voz abemolada
pero pongo una nota para no equivocarme,
coleóptero.
El chofer toma el desvío de los roedores
que nunca han visto los astros.
Descubrir es la palabra en reserva.

Descubrir el agujero, la hendidura celeste
el más allá de la frente.
Descubrir la tierra donde braman venados
con picos largos de pájaros
sin tocar el fondeadero de la noche calina.
Atravesando el oscuro camino
Los vientos aúllan
Y hay bruma pelagrera.
Echas el ojo  a los estragos que dejaron los bárbaros.
Lo santos patrones de la plebe rumian sin cesar.
A veces dulcifican la voz garra de gavilán
y hacen la señal de la cruz con altivez.

Las ovejas todavía esperan a ese pastor de almas
cuyo recuerdo sólo me infunde tristeza.
Cuánto asolamiento hay en el pelambre que huele a barro.
Nadie tiene la culpa y yo con eso nada tengo que ver.
En otro juego gané la ventaja, digo vehemente,
haciendo gala de una voz pasiva, copetuda
y bucólica en la pradera
mientras las ovejas siguen pastando y los pastores
pastoreando las perdidas ovejas del Señor.
Qué idilio, qué patriarca impetuoso
con pachulí y cabello engomado.

Mi Señor usa traje sin remiendos como en Pascua
y alardea de la llave maestra que abre los cofres
y el libro de cuentas en el que se abonaron todas sus deudas
y se escribió la oración que ya olvidaste:
Padre Nuestro que sólo estás en el Cielo.
Padre de sol astro. Padre de las lunetas,
dime
en qué herbaje dejaste la péndola
desplumada y sin luz.
Dónde están diáfanos los ojos de alcatraz que ayer tenía.

Colérico, mirándome

me fulminas
a mí pecaminoso como perro pequinés
saldando una cuenta que no es mía,
peón de ajedrez ya soy en la casa de empeños
y él, el Custodio implacable, sigue allí
con sus alas en alto
abriéndome el camino para que yo pasara
perdiz a punto de perder la partida
sin banda ni bastón
tomando con miedo las santas escrituras
renovando el contrato
palabra por palabra
jurando otra vez con la mano en el fuego
lámbido cordero en el desfiladero
donde esa hoz filosa como en plena tertulia,
arriba refleja mi cabeza ya sangrante
mi cuerpo partido en pedazos.
Dame la hostia Padrenuestro.
Dame esa túnica de sol emplumada.
Cúbreme con tu mosaico de arcángeles
todos miembros de una iglesia celeste
pieza tras pieza de la rueda girando
el universo

Parsimonioso me ves el hueso ya pelado.
Mi cuerpo toma parte del acto funerario.
Pajaroflameado soy de un lado
y detrás, vigilantes están ellos,
áureos, augures, hilando delgado y fino la red de telarañas.
Cómo sabes mirarme desde el centro del cuadro
notable Señor,
exigiéndome con algebraica minuciosidad
bifurcando los caminos
decidiendo, definitivamente
con la certeza de haber llegado a tiempo:
Que cada cual escoja su sendero, pero éste es el tuyo
me dices en la raya del comienzo
y es la última vez que te lo digo
otra vez partirás
escribirás lo que viene
y será nada entre los piojos y liendres.
He pasado por alto tu pecado.
La prudencia aconseja el paso del león.

Seguirás hacia arriba
Con tu sombra cónyuge en brazo,
como parte de ti
cumpliéndome,
haciendo todo cuanto pueda,
desprendidos los ojos de sus raíces
que para no me veas.
Harás la raya que le falta al tigre
y a lo lejos entre toques de difuntos verás venir
la esperanza.
Atrás la cólera da entrada a los que van a morir.
Cómo zafarse de la muerte o saltar los abismos infernales.
Cómo cruzar las llamas o salvarse.
Todo allá dice adiós a los deseos.
Todos  muertos están yéndose al jardín de las hienas
sin flores y es linde y tabique la puerta del Edén.
Frente a usted, sin la pareja de baile,
se oye, palabra tras palabra,
la última sentencia.
Pega tu oreja marina,
ataja las voces que pronuncian la Ley del Altísimo.

Oigo callado según las circunstancias.
Soy lamb atristado con un billete de favor
para cruzar el mar con ella,
compañera posando a la orilla del lago,
cumpliendo su papel en el juego,
consorte castellana ella,
como adiestrando un alumno,
llevándolo, pasándolo de una orilla a la otra
para que no se quede atrás.
Para que no se quede extranjero sin libreta de banco
haciendo la colecta
o pasando el sombrero.
Vale algo llegar y ser bien recibido
en la tierra de Ulises, el irlandés.
Hay que tolerar el pastel nebuloso del invierno,
hacer un pase de naipe
para que llegue la suerte
y puedas irte más allá a pesar de los caminos oscuros.
Circulando
circulando
te irás.

Ante usted, Maestro de los Juegos,
me quito mi sombrero agujereado.
Hágame una jugada maestra.
Páseme de una punta a la orilla
como dejándome a punto de caerme.
Cómo me cruzo de brazos sin el cuerpo no lo tengo.
Dispénseme, perdóneme
pero por dentro me llevan las llamas
y no puedo consentir esa ventaja.
Esta estocada no paga dividendo:
Me ha traspasado la suela carcomida del zapato.
Debo seguir, lo sé, continuar el camino.
Pasar de largo es lo que quiero
o morir sobre la nieve.
Aquí estoy aceptando su palabra.
Rechazarla no puedo aunque quisiera.
De pasada voy, pasajero en tránsito
paso a paso
haciendo travesía para llegar al río de mis viejos amores.

Pássim, aquí y allá marchitándome,
al paso del tiempo bálago
otros que hagan con lo mío su agosto
ya no quiero más hierbas
ni forrajes ni pajas
para dormir con ella que quiere que me vaya
a cumplir la costumbre
el rito de juntar ante usted las dos manos
y escuchar las verdades por las que habré de morir
y aquí estoy a sus pies orándole,
sin ningún privilegio.
Quiso la suerte que así fuera:
Pasiflorácea es el alma que se me da en ascenso
y en la mano la ley, santo seña y contraseña
para que no se olvide que la palabra dragón es el alado
Prometeo como me dijo usted cuando hablaba conmigo.
Un solo pase escrito es mi origen desde los tiempos pasados.
En el frío sin pasiones ya no queda ni un verso:
Todo fue consumado.

No es casual que yo pise esta tierra
y este camino que me lleva hacia ti,
Piedra Santa. Dios bendito sentado más acá del desierto,
eternamente sentado
para que vengan los que tienen y los desposeídos susurrantes
pidiéndole la solución de sus problemas
y pongan velas al sagrario
y digan oraciones buscándolo a  usted que parece que no oye.
Está en silencio,
sacro inviolable allí,
allá, más dentro como Buda en silencio,
santo de altura entre obispos aguileños
entre cardenales mercaderes y sacristanes
que odian el olor de la pobreza.
Qué santidad Señor la suya.
Aquí estoy henchido de ausencia
con los pies sabulosos nebuloso y el hábito puesto.
Qué me entregas, Lord de la Piedad,
a mí el pecador entre tantos judíos adoradores del Becerro de Oro.
Dime si soy yo el señalado,
dónde está ese sendero en qué parte.
Aparta de mí la noches más oscuras.
Dale luz a mis ojos y te entrego este pedazo de pan,
este becerro pintado
que brilla en el papel.

Para ti que me ves pasaroso,
Esfinge Gavilán,
yo te entrego estas palabras
y suspiro porque me siento así
arrebatado,
sacerdotal como quieres.
Perfumado me puse para ella
que es más digna que yo:
Le dejé mis talejas  y el bastón de cacique.
Le dejé mi flauta de caña que ya no suena.
Este baile con maraca y tambor.
Para que olvide su tribu eternamente afligida.
Para que no llore le dejaré una canción.
Este poema que se quedó esperando
por mí
borrego
sacrificado.

No hay castillos, rey Conchobar.
Te digo yo desde aquí: No hay castillos.
Tú sabes que el dolor de un pueblo hambriento
es más fuerte que el mar.
Dónde estás Cuchulainn, dónde están los hijos de Usnesch,
en qué parte en lo alto de esta isla hablan el gaélico
al son de los cuernos Wilon y Deirdre.
No me partas el corazón Conchobar.
Negras eran sus cejas,
sus mejillas lozanas
rojos sus labios y sangre de Fedlimid tenía la morena.
Sus dientes de perla
brillaban con el noble color de la nieve.
En las noches frías hacía carambola en el menú.
Ahora está como huyendo del reino
de Shemjaza y Anmael
como culata con válvulas
mientras yo voy de un solo lado

to and fro, carpintero
sin label, elevado y aéreo
y soy uasó que nada olvida
uasó con armadura celeste
no petirrojo con el sol en el cuello
ni pajarito uazlé domesticado
flapineando aquí
allá gato sonoro en el billar.

Cuánto tiempo hace
desde aquellos trescientos cuervos de Owen
las nueve brujas de Paredur
los perros de Annwn.
Cuánto tiempo a la vela de las ilusiones
en la cuenta
sin la huéspada, cuántas guerras
y pedazos de cuerpos que ya son polvos.
Cuántas hachas halcones falconiaron
los ojos vueltos añicos de los descarrilados.
Cuánto tiempo hace
que salió ese sol que adoraban los guerreros
que alzaban el hacha resplandeciente de dos filos
arriba y abajo
como el brazo de esa cruz martillada
con la huella del santo.

Golpe tras golpe hachean los árboles,
los pocos que quedan,
esos largos brazos
que son armas para jalar la cuerda
para tumbar el árbol de la vida que cesa.

Gavilanes son tus ojos avizores
fotografiando la presa de nariz aguileña
que camina
entre los pájaros de Rhiannon
gorjeantes,
gorjeando dulcemente
para que todos se duerman
y caiga la bruma,
roja
se deslice la bruma,
rojeante
entre grises peñascos y cabezas y manos
mutiladas

En la tierra heredada
arde el bosque en esta parte
para que brille la urdimbre del olvido.

Para que haya sol
pinto uno en la pared de la noche.
Una llamarada sale de mis manos
y se queda en el aire.

Desde aquí oigo ese martillo
claveteando,
martillando la madera  el hueso.
Nada quedará del paraíso.
Por donde Atila pasa no crece ni la hierba.
Aunque llega el tiempo de segar para la siembra.

La boca sangra con el humo en los labios.
Roja coma el buche sangra la herida
que reta el invierno
mientras el alma vuela,
se va  volando.

Qué paisaje, me dices,
ven,
me dice ella
posando en el lago.
Allí baila la noche
terrible de los santos templarios.
Baile de lobos y aullidos en el bosque

y cómo te digo rosa, oh mi rosa
si lo que miran mis ojos
congelados de nieblas
son nubes y colores oscuros.

Más acá,
cerca de la torre que mide la velocidad de los vientos
hay flores y rosas en el solárium
abriendo,
abriéndose.
Quién las mira de vez en cuando
si la vida ya no da para el romanticismo.

Como siempre camino entre piedras que siguen el curso
de las aguas en la loma
donde florecen amarillentas las flores,
flores rojas frías de rocío
lloviznadas.
Estoy aquí en este pequeño paraíso
Invernal, lloviznándome,
mojándome
con la cabeza cubierta
con abrigo y guantes
y todo trapeado para que no me caiga la peste
para que no me salga y comience a pitar
a cantar desde adentro
nievulado hasta las orillas de mi propio pantano.

Todo fue como escuchar la caída de tosque
al doblez:
Como piedra caída desde lo alto.
Así cayó batiendo el cuero que también sonó:
Tres puntas laminadas con cojera se hundieron en su pecho abierto
y poco a poco se fue muriendo el romanesque.
Arriba, entre los arcos puntiagudos,
por donde entraba la luz,
se cuartearon sus alas en señal de ira celestial.
Al terruño llegaron las quejas
y sonaron las trompetas de los felices tiempos de antaño.

Más abajo, se colocaron las descarnadas sombras
pendencieras
y salieron de las bocas de los siete caballos un humo negro
que no caía y se mantenía flotando sin consumirse.

Abajo, las flores se quedaron languideciendo:
bajaron sus pétalos,
reflejados como manchas de sangre
en un charco casi congelado que ya no se duele:
Todo fue consumado
y ahora él está allí, con pétalos muertos,
a merced del olvido que nadie querella.
El señor pecho amarillo ya no canta.

No porfía su cuerpo ante los ojos dorados de los tres
Celestiales, guerreros que siguen detrás,
con sus altos escudos también dorados.
Ya no porfía su costado herido,
iluminado por los escudos de oro
y las alas del ángel, que también se aleja.

Irlanda. Noviembre 1994-1996
Venezuela. Septiembre 2010.

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