Santuarios atlánticos: vivir en el fin del mundo

Un interesante artículo de Gabriel Fraga de Cal en O Xornal de Galicia, acerca del trabajo conjunto de diversos arqueólogos, historiadores, lingüistas y religiosos de Galicia, Escocia, Francia e Irlanda sobre santuarios atlánticos cuyo objetivo es reforzar los lazos que unen a los pueblos atlánticos europeos y preservar la cultura: “No osaremos seguir al sol en su viaje al más allá, pero sí intentaremos contemplar su partida al paraíso desde los diferentes finisterres europeos”.

Santuarios atlánticos: vivir en el fin del mundo

Quizá usted no haya tenido todavía la oportunidad de contemplar la muerte del sol a manos del océano Atlántico en San Andrés de Teixido. Dicen que, cuando el Dios de las civilizaciones antiguas se derrite delante del santuario gallego, muestra a través de sus rayos el camino de peregrinación que indica a los hombres la ruta a seguir para llegar al paraíso. Si no ha podido contemplar semejante espectáculo no importa, tarde o temprano se verá obligado a adorar, vivo o muerto, al menos un anochecer en San Andrés.

Antes de que el ser humano se echase a las aguas del Atlántico para conocer otros mundos se creía en Europa que la vida se terminaba allí donde empezaba el océano. La tierra era la vida y el mar la muerte. Para nuestros antepasados de la prehistoria cada amanecer era un milagro, cada mañana su dios resucitaba para dar luz a los seres que habitan la Tierra. El anochecer tenía por el contrario una connotación lúgubre, momento en que el sol desaparecía en el horizonte para morir en un lugar donde los vivos no pueden acompañarle. En la Galicia costera el sol muere todos los días delante de los gallegos, al menos cuando las nubes nos dejan contemplar este bellísimo ritual funerario. Lo que hoy se considera una escena romántica fue en el pasado el rito religioso más adorado por los pueblos atlánticos.

Es por ello que la zona europea atlántica respiraba, y respira, una mística especial relacionada con la muerte y la resurrección. Se dice que a San Andrés “vai de morto o que non vai de vivo”, y pesar de ser esta una máxima aparentemente moderna y cristiana, la relación de ese santuario con la muerte es tan antigua como antigua es la puesta de sol en frente de los acantilados de Teixido. Este es un fenómeno común en toda Europa, desde Portugal hasta Escandinavia, sin embargo en San Andrés el espectáculo es de un dramatismo inigualable.

Los escritores clásicos hablaban de la existencia de un camino de peregrinación paralelo a la Vía Láctea en la Tierra o, en otras palabras, la ruta que sigue el sol de oriente a occidente. Hesíodo, en su obra Teogonía escrita entre los siglos VIII y VII AC, describe el viaje emprendido por Hércules en su décimo trabajo a una isla de Hispania denominada Eritrea. Según Aristóteles el camino recorrido por Hércules desde Italia a Iberia se denomina el camino Herácleo. Curiosamente el faro más emblemático de Galicia se llama Torre de Hércules.

Es cierto que Hércules es un personaje mitológico, sin embargo lo realmente importante es que los textos clásicos hablan de una ruta milenaria terrestre paralela a Vía Láctea cuyo homólogo actual es, según un buen número de historiadores y arqueólogos, el camino de Santiago. Según esta teoría, apoyada por académicos como Federico Maciñeira, Rafael Usero, Ramón Bascoy Pérez, Fernando Alonso Romero y Andrés Pena Graña, se puede afirmar que tanto el camino de Santiago como el de Finisterre o San Andrés de Teixido pertenecen a una ruta cuya antigüedad se remonta a la prehistoria.

Las religiones no son independientes unas de otras. Investigando se percibe lo mucho que tienen en común, sobre todo aquellas de origen indoeuropeo. El concepto de la resurrección de Jesucristo, por ejemplo, recuerda directa o indirectamente al ciclo solar, el día y la noche, el invierno y el verano. Debemos insistir en el hecho de que antiguamente eran los elementos naturales el objeto de la adoración humana, y así fue por milenios hasta que el hombre, por pura vanidad, se atrevió a humanizar a los dioses. A partir de ese preciso instante el ser humano sustituyó a la naturaleza y comenzó a adorarse asimismo.

Cuando los celtas invadieron Italia y Grecia, hacia el siglo II AC, hubo algo que les sorprendió soberanamente: sus deidades. Aquellos pueblos mediterráneos habían personificado a sus dioses, mientras que para los pueblos invasores lo divino residía simple y llanamente en la naturaleza. Dios moraba en ríos, piedras, manantiales y montañas, por esta razón encontraron grotesco que romanos y griegos hubiesen dado forma humana al sol, la luna y los mares. Cabe decir que los celtas no necesitaban de iglesias para rezar, cualquier lugar al aire libre era adecuado para llevar a cabo sus ritos religiosos. El contacto con lo sobrenatural podía darse en cualquier lugar, en cualquier momento.

Es sabido que la mayor zona de influencia de la cultura celta fue la Europa Atlántica, donde sus creencias siguen todavía vivas debido a una rica herencia popular o pagana. En Irlanda, Gales y Escocia situaban el más allá o tierra de los muertos (o alén/além en Galicia y Portugal) en una isla remota en el océano Atlántico. Por está razón los islotes en frente de la costa poseen una importante marca religiosa para los pueblos atlánticos. En el caso de Teixido dice la leyenda que San Andrés llegó en una barca y que al desembarcar el navío giró 180 grados en sentido vertical para convertirse en piedra. A la gran roca en frente del pueblo se la conoce hoy día como A Barca y representa, invertida, la embarcación en la que San Andrés llego a las costas gallegas.

En Irlanda el más allá se conoce con el nombre de Tech Duinn, o Casa de Donn, cuya morada se encuentra en una isla atlántica conocida como Isla de la Eterna Juventud o Isla de la Fortuna. A pesar de no saberse exactamente la localización de la Casa de Donn, historiadores apuntan a que se encuentra en una de las islas en el condado de Munster, al suroeste de Irlanda. Podemos concluir, por lo tanto, que el Atlántico era sentido como la frontera entre la vida y la muerte. De este modo se creía que al fallecer las almas se reunían a sus orillas para emprender su viaje a la Isla de la Eterna Juventud, también considerada morada del Sol. Para los celtas, el Dios Sol moría en el océano, donde le esperaba una isla a la que solo los muertos pueden acompañarle.

Según la tradición cristiana, San Andrés se habría quejado a Dios por haberle adjudicado un templo en un lugar tan remoto como Teixido, donde nadie iría a visitarlo (también se le conoce como San Andrés de Lonxe). Es entonces cuando, para consolarlo, Dios le dice al santo que no tema, que “A San Andrés vai de morto, o que non vai de vivo”. Esta alusión a las almas de los muertos que peregrinan a San Andrés, a orillas del océano Atlántico, para poder sacar su billete al paraíso parece tener un claro paralelismo en la idea la existencia de un más allá en el océano. El hecho de que este templo, como muchos otros en Galicia, esté situado a los pies del Atlántico parece indicarnos que el lugar en sí está impregnado de una religiosidad cuyos orígenes son incalculables.

Si verdaderamente la Europa Atlántica fue concebida durante milenios como el fin del mundo y el Sol el dios por excelencia de la civilizaciones antiguas, parece de una lógica aplastante que las zonas costeras europeas fuesen concebidas como las estaciones de partida al más allá, la Isla de La Eterna Juventud o la morada de Sol. Allí donde se dirigía el Dios de la vida sería el lugar donde lo siguen los hombres tras la muerte. Finisterre en Galicia, Fisnitère en Bretaña y Land’s End en Cornualles son tres topónimos que apuntan a la misma idea, más allá de este punto empieza el mundo desconocido, un lugar donde los seres terrestres solo pueden visitar una vez fallecidos.

Un mayor contacto con estos pueblos que comparten nuestra visión sobre la vida, y la muerte, ayudaría a los gallegos a comprender mejor su tierra. No cabe duda que entre la zona norte de España (desde el País Vasco hasta Galicia) y el resto de la Europa Atlántica existe una fuerte conexión histórica motivada no solo por la proximidad geográfica, sino también por el común sentimiento de vivir al límite del ocaso. Esta cercanía ha provocado inevitables similitudes culturales que definitivamente no podemos obviar, ya que el pasado ayuda al hombre a comprender su presente y, por consiguiente, mejorar su futuro.

Actualmente y con la colaboración de diversos arqueólogos, historiadores, lingüistas y religiosos de Galicia, Escocia, Francia e Irlanda, hemos comenzado un modesto proyecto sobre santuarios atlánticos cuyo objetivo es reforzar los lazos que unen a los pueblos atlánticos europeos. La intención no es otra que la de preservar la cultura y, en ocasiones, salvarla de los tojos, bajo las ramas de los cuales se encuentran algunas de las más importantes maravillas gallegas. No osaremos seguir al sol en su viaje al más allá, pero sí intentaremos contemplar su partida al paraíso desde los diferentes finisterres europeos.

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Una respuesta a Santuarios atlánticos: vivir en el fin del mundo

  1. asun dijo:

    Que hermosura de texto. Conforme lo leia sentia que andaba hacia occidente y otras veces volaba entre la vía láctea y la tierra disfrutando de la vista de la mar.
    Muchas gracias Chesus. Por cierto a propósito de la conexión histórica atlántica, hace dias salió en la prensa navarra un artículo de un genetista inglés con una tesis : que la mayoria de la población de Irlanda, Gales, Escocia e Inglaterra son de ascendencia genética vasca, muy anteriores a los celtas y que la influencia, siempre habla desde el punto genético, de los anglosajones es mucho mas debil de lo que se cree.
    Ya decia yo que en Dublin me encuentro como en casa je, je……..

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