Pintas, whiskey y letras: la ruta literaria de los pubs dublineses

[Un tour literario por los pubs de Dublín, de la mano de Koldo Landaluze, en el diario Gara.]

«Ulises», «Esperando a Godot», «Drácula» y «Navegando hacia Bizancio» son títulos asociados a James Joyce, Samuel Beckett, Bram Stoker o William Butler Yeats. Esta relación podría se completada con Davy Byrne’s, The Duke, O’ Neill´s o Mc Daid’s, nombres de algunos pubs dublineses que hicieron suyos estos autores y que permiten al viajero-lector llevar a cabo un recorrido atípico en una ciudad que, el pasado año, fue declarada Ciudad de la Literatura.

p042_f02.jpg

p042_f03.jpgPasear, intentar descifrar los renglones torcidos que el peso de los años, los carros y caminantes grabaron sobre el adoquinado desgastado que dicta la ruta de la calle Grafton, intentar sonsacar al río Liffey los secretos que tan celosamente calla mientras recorres sus orillas o ser conscientes de que la vista se cuela distraídamente en el escote inmóvil y pronunciado de la estatua dedicada a la hermosa pescadera Molly Malone, son sólo algunos síntomas que asaltan al turista-lector que, un buen día, quiso perderse por las calles de Dublín.

Estrechamente unidas, Dublín y Literatura han sellado una amistad permanente que ha tenido como consecuencia la elección de cuatro Premios Nobel de Literatura (los dublineses William B. Yeats en 1923, George Bernard Shaw en 1925 y Samuel Beckett en 1969 y el norirlandés Seamus Heaney en 1995) -lo que sitúa a esta pequeña isla en la novena plaza en la clasificación por países del Nobel literario- y que el año pasado, la UNESCO declarara a Dublín Ciudad de la Literatura; un galardón que comparte con Edimburgo, Melbourne y la incomprensible Iowa. Para quienes deseen completar su paseo literario, nada mejor que abandonar la placidez y ensimismamiento que aportan los bancos que crecen a orillas del Grand Canal y seguir el rastro del ruido y la complicidad que nacen de las mismas entrañas de la ciudad y se expanden por las calles con intención licenciosa de seducir al viajero sirviéndose de las mismas argucias que utilizaron con los autores irlandeses que el visitante quiso encontrar primero en el Museo de los Escritores.

Joyce, Beckett, Stoker

Basta con escuchar el golpe seco de una rebosante pinta de cerveza sobre una barra desconchada de madera o los tímidos e igual de letales tintineos de dos vasos de whisky que sellaron su hermandad a través de un brindis, para comprender que el alma que espoleó a las musas de Joyce, Stoker, Beckett y compañía se encuentra en el interior de los populosos pubs dublineses y no en los museos. Resulta obligado recordar que hubo un tiempo civilizado en el que fue posible respirar el humo del tabaco, discutir acaloradamente mientras las sombras eran capturadas por la luz mortecina de los candiles, compartir tragos, ideas y sacar a relucir los puños cuando la lengua tropezaba y el entendimiento flaqueaba.

En estos pubs, las musas arrinconadas suspiraban aburridas mientras aguardaban pacientes hasta que J.M. Synge, Seán O’Casey, Brendan Behan, Maeve Binchy, Flann O’Brien y Roddy Doyle eran despachados gentilmente por los propietarios de estas tabernas y, cual legado íntimo, son escritores actuales como John Banville, Anne Enright, Colm Tóibín, John Connolly, Joseph O’Connor, Irving Welsh, Jamie O’Neill o John Boyne los encargados de preservar el encanto literario que todavía hoy es posible encontrar en algunos de estos renovados locales dublineses. Algunas crónicas señalan que la tradición literaria de los pubs data del siglo XVIII debido a que muchos editores, como en el caso de George Faulkner -editor de «Los viajes de Gulliver» de Jonathan Swift– instalaron sus oficinas en ellos. Mientras el whisky y las pintas animaban las barras, sobre el papel cobraban forma poemas, idearios políticos y todo tipo de narrativa que, como en el caso del ilustre «Ulises» de James Joyce, dotaron de mítica a la arquitectura populosa y cotidiana de las tabernas de Dublín.

Por boca de muchos parroquianos que fueron testigos presenciales, hemos sabido que Yates solo pisó un pub en toda su vida empujado por la curiosidad y que los habituales encuentros entre Patrick Kavanagh y Brendan Behan solían culminar en airadas discusiones. Para iniciar nuestro paseo etílico-literario -excusa perfecta que disfrazamos de curiosidad intelectual-, nada mejor que hacerlo desde el emblemático Davy Byrne´s que está ubicado en el 21 de Duke Street. En este local, Leopold Bloom -uno de los personajes que habita en la novela «Ulises» de James Joyce- decidió hacer un alto para pedir un sandwich de queso gorgonzola acompañado por un vino de borgoña. En realidad queda muy poco del encanto original del local que un día piso Joyce, ya que la remodelación de este local se inició en 1941, a la muerte del escritor, y un breve vistazo a su decoración -que incluye un techo pintado con característicos diseños florales, barra de mármol, candiles con forma de tulipán y cuadros de dudoso origen- provocan en el visitante cierta sensación de artificio.

Un retrato de Joyce nos recuerda que este lugar fue visitado por uno de los escritores más importantes del siglo XX y que, siguiendo su estela, otros autores como Brendan Behan, Patrick Kavanagh y Liam O’Flaherty compartieron rondas con poetas como Pádraic O’Conaire. Tal y como obliga la tradición, el Davy Byrne’s es un punto de obligada visita para quienes celebran el Bloomsday.

Davy Byrnes’s

Cada 16 de junio -coincidiendo con el día en que Joyce conoció a Nora Barnacle y el día en que se desarrolla la trama de «Ulises»-, este local sirve entre su clientela el sandwich de queso de gorgonzola y el vaso de borgoña que degustó el inspirador Leopold Bloom. Nuestra siguiente etapa no requiere de un esfuerzo físico excesivo, ya que se encuentra justo enfrente del Davy Byrner´s y el gran retrato que engalana su entrada -dedicado al duque de Grafton- nos señala que cruzamos el umbral del legendario The Duke.

Al contrario del pub inmortalizado por Joyce, en este topamos con una atmósfera que nos permite rememorar aproximadamente aquellos días pasados en los que primaba el olor a madera. Unas escaleras nos guían hacia el segundo piso y en sus paredes topamos con algunas frases célebres legadas por Yeats, Flann O´Brien, Samuel Beckett o el incombustible Kavanagh. El visitante también tiene la posibilidad de leer algunas cartas firmadas por Joyce en las que el autor de «Dublineses» muestra sus disculpas a T. S. Elliot por no haberle visitado a pesar de sus promesas. El novelista Samuel Beckett -autor de obras teatrales como «Esperando a Godot» y novelas como «El innombrable» y «Molloy»- y William Butler Yeats, uno de los poetas y dramaturgos más renombrados de Irlanda, figuraron entre la clientela más selecta de este pub junto al cual se encuentra la prestigiosa librería Cathach, lugar de obligada visita para quienes quieran descubrir la literatura irlandesa.

Un último brindis dedicado a las excusas que proporciona «Ulises» y prolongamos nuestra ruta hacia Suffolk Street donde topamos con O’Neill’s; un local que fue señalado como lugar de cita por algunos graduados de Trinity College -la universidad más antigua de Irlanda y cuya construcción fue ordenada por Isabel I en 1592 para que la educación no fuera controlada por los papistas- entre los cuales destacaron Thomas Moore, Thomas David, el creador de «Drácula» -Bram Stoker- y Wolfe Tone, considerado como el padre ideológico de los republicanos y activista del movimiento independentista de Irlanda.

El elegante O’Neill’s

Al calor de sus chimeneas, nos recreamos con los vitrales y el mobiliario de madera de este sobrio y elegante local cuya fachada data del siglo XIX y que, dada su cercanía a la universidad, se ha convertido en lugar de visita obligada para los estudiantes. Siguiente punto de encuentro, The Palace. Situado en el número 21 de Fleet Street, este local pasa por ser albergue de obligada visita para el gremio de periodistas ya que cerca de este entrañable rincón se encuentra el periódico «Irish Times» y parte de su plantilla, recogiendo el testigo de sus antecesores, saludan el final de su jornada laboral con una pinta de Guinness. En los años 40, este pub se convirtió en epicentro de tertulias y disputas auspiciadas por el editor Robert Smillye y en las que, además del gremio de la canallesca, participaban escritores como Flann O’ Brien, Kavanagh y Austin Clarke.

Cuando el tono de las conversaciones se elevaba y comenzaba a tomar protagonismo la fuerza bruta, el propietario de The Palace señalaba el letrero que todavía hoy pende sobre la barra y que advierte al parroquiano en estos términos: «Be good or be gone» (Compórtate o te vas). Como punto final de este itinerario que comienza a tornarse zigzagueante, nada mejor que entrar en el pub Mc Daid’s de Harry Street. Auténtico hervidero de escritores que hicieron suyo este espacio desde el mismo instante en que el editor de la revista Envoy -John Ryan- trasladó su oficina a una de las mesas de este local.

Antes de ser reconvertido en fábrica de musas, este local, que data del año 1873, ejercía funciones de morgue y en sus entrañas los cadáveres eran apilados en posición vertical. Entre su selecta clientela figuraba el escritor Brendan Behan el cual se dejaba ver siempre acompañado por dos pintas que colocaba estratégicamente en su rincón y que degustaba plácidamente mientras tecleaba su máquina de escribir. La escena cumbre que habitualmente se escenificaba en este local tenía como protagonistas a Behan y al irreductible recorredor de pubs Patrick Kavanagh. En cuanto el segundo cruzaba el umbral de McDaid’ s, rara era la ocasión en que el encuentro no culminaba en una sonora disputa entre ambos. Los autores Liam O’Flaherty, John Jordan y Tony Cronin también figuraron en la nómina de parroquianos que alimentaron la leyenda de las llamadas «noches locas» y que tenían como ingrediente principal el llamado Irish Poitín o Irish Moonshine Whisky, un aguardiente explosivo creado a partir de la patata, cuya graduación oscilaba entre el 60% y 90% de alcohol y cuya ingestión fue prohibida por las autoridades porque animaba en demasía a las musas y el diablo se colaba en las tertulias de barra.

Una «espuela» literaria

En «Ulises», James Joyce describe en estos términos el pub Davy Byrne’s: «Es un bar tranquilo y agradable. Una madera bonita en el mostrador. Muy bien diseñado. Me gusta la curvatura que tiene». El paso de los años y su remodelación ha borrado parte de su encanto original, pero para quienes deseen prolongar su ruta por esta atípica ruta literaria, deberían subrayar en su cuaderno de bitácora locales como el Neary’s, un pub que hizo suyo Brendan Behan y en el cual es posible saborear una pinta en el salón central mientras se cuelan las conversaciones de los dublineses.

Cuentan que el célebre poeta y dramaturgo William Butler Yeats no era un asiduo de los pubs. Quizás, y por ese motivo, merece la pena hacer un alto en Toner’s, un pub que frecuentaba debido a la calidez y comodidad que encontró en su interior. Todavía hoy es posible dejarse seducir por este rincón decorado con madera vieja y mobiliario antiguo que nos remite a escenografías de otra época pasada. Situado en Baggot Street, este pub permite un breve descanso después de haber recorrido otro tipo de templos culturales como los cercanos National Gallery y el Natural History Museum.

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3 respuestas a Pintas, whiskey y letras: la ruta literaria de los pubs dublineses

  1. Bruno dijo:

    “Toner´s”. Sin duda “Toner´s”. Mi favorito entre todos.
    (Por favor, que alguien me explique qué pinta Iowa ahí).

  2. Garibaldi dijo:

    La cerveza Guiness es excelente, pero el whiskey Jameson no tanto. Es mejor el whisky escoces.

    • Bruno dijo:

      Para gustos se hicieron los colores, pero considero al “Jameson” mejor wiskey ” batalla” (es decir, sin complicaciones presupuestarias, no valen “McAllans”, “Llagavulins” etc.) que cualquier otro escocés que haya probado de esa gama.

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