Los emigrantes o la violenta poesía de la despedida

En el diario argentino Clarín he encontrado este artículo del escritor irlandés John Banville para el New York Times sobre los nuevos tiempos de la sociedad irlandesa tras la caída del Tigre celta. Ha sido traducido por Joaquín Ibarburu.

Los emigrantes o la violenta poesía de la despedida

John Banville

En un viejo recuerdo, si es que en verdad es un recuerdo, una brumosa tarde de invierno mi tío Tom me llevó a Rosslare Harbor, a unos 15 kilómetros de nuestra ciudad de Wexford, en el extremo sudoriental de Irlanda. Era a principios de la década de 1950, y yo debía tener seis o siete años. En el puerto, el transbordador a Gran Bretaña se disponía a partir.

La memoria magnífica, y el barco que recuerdo es de las dimensiones de un transatlántico, el enorme flanco en movimiento en el embarcadero, la poderosa chimenea que expulsaba grandes nubes grises y la sirena hendiendo el aire con sus graves bramidos.

La improbabilidad de esa magnitud me lleva a sospechar que no se trata de un recuerdo propio sino de un fragmento de memoria popular exagerado, dado que veo una multitud imposible de madres que lloran y padres compungidos que despiden a una cantidad de hombres jóvenes, cada uno de los cuales lleva una valija barata y aborda el barco con rumbo a Londres, Birmingham, Coventry, en busca de trabajo en la reconstrucción de posguerra británica.

Tal vez no me esté engañando. En efecto, decenas de miles de hombres y mujeres jóvenes abandonaron Irlanda en esos años . Habíamos sido neutrales en la guerra, por lo que no recibimos la generosidad del Plan Marshall. Nuestra economía se basaba casi por completo en la agricultura, y más de una familia desesperada subsistía con los pocos dólares o libras que mandaban todas las semanas los hijos e hijas en el exilio.

En la actualidad, los irlandeses de mi generación tienen una clara sensación de déjà vu .

Decenas de miles de irlandeses han abandonado su país en 2011.

La era del Tigre Celta, esos años de abundancia de la década de 1990 y principios de la de 2000, el primer período de nuestra historia en que supimos cómo era ser ricos, cedió paso a una época de derrumbes, deudas, austeridad y, una vez más, emigración . Aquí prácticamente no hay una persona que no se haya visto afectada. La resaca que nos dejaron los años de falsa abundancia es la peor que hayamos experimentado; la peor, pero no la primera.

Si hay un pueblo que sabe cómo manejar una resaca, sin duda es el nuestro.

La violenta poesía de la despedida está arraigada en la conciencia irlandesa.

Una vez leí un relato sobre la despedida en la Década Negra entre un joven que partía para los Estados Unidos y su padre. En lugar de hablar, los dos hombres, frente a frente, trabados los ojos en una mirada sepulcral, se despidieron bailando mientras las mujeres lloraban.

Mucho ha cambiado desde entonces, sin duda. Los jóvenes que hoy abandonan Irlanda no son los rebeldes del 98, los hambreados de la Década Negra de 1840 ni los jóvenes que abordaban el transbordador con su valija en 1950.

Son jóvenes bien educados y, en su mayor parte, de clase media: especialistas en tecnología de la información, ingenieros, trabajadores de la construcción, todos ellos en busca de empleos que aquí ya no existen.

En los viejos tiempos, lo más probable era que quienes emigraban nunca volvieran a ver a su familia. Pero ahora es menos probable que los emigrantes olviden y sean olvidados. Los viajes aéreos baratos y la tecnología de las comunicaciones hacen que puedan volver a su país -aunque más no sea de forma virtual- con la frecuencia que deseen.

Una de las mayores diferencias es que en la actualidad Irlanda es el Chico Bueno de Europa, un ejemplo deslumbrante de flamante rectitud fiscal cuando se la compara con lo que los países europeos más prudentes del norte consideran el irredimible derroche de griegos, portugueses, españoles e italianos. Para nosotros es un lugar nuevo. Es como si Sarkozy y Merkel hubieran convocado al frente de la clase al chico haragán del último banco y le hubieran entregado una medalla y un diploma.

Nuestro punto fuerte más efectivo, sin embargo, puede residir en aquello que no ha cambiado en absoluto: nuestra alegría melancólica y persistente.

Podría decirse, como hacen algunos, que los irlandeses somos masoquistas natos, que damos una secreta bienvenida a la desgracia. Pero no es esa la sensación que tenemos. Siempre hemos tendido a reírnos de nosotros mismos, lo cual nos resulta muy útil en estos tiempos adustos en que la risa, hasta la inspirada en nosotros, escasea.

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Una respuesta a Los emigrantes o la violenta poesía de la despedida

  1. Garibaldi dijo:

    Tengo un primo que emigro a Irlanda hace 5 años. Yo mismo emigre a España hace 7 años. El trabajo escasea y el mundo se mueve en su busca. Es lo normal ya que el instinto mas basico y apremiante del ser humano es sobrevivir, buscar el alimento. En el siglo 21, ademas, buscamos la realizacion personal y profesional, y si nuestro pais de origen no nos lo puede ofrecer, iremos a otros paises a buscar nuestro destino. Emigrar es una decision muy dura y en el caso de Irlanda una sangria de su mejor juventud. Por eso los irlandeses tratan bien a los extranjeros, porque ellos si saben lo que es emigrar.

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