¿Qué tiene el agua de Irlanda? (Repaso por la literatura irlandesa con Antonio Rivero Taravillo)

El otro día el escritor, editor y traductor Antonio Rivero Taravillo, habitual de este nuestro blog hibernófilo, daba un repaso en El País por la literatura irlandesa publicada en español, con el sugestivo título de:

¿Qué tiene el agua de Irlanda?

Con la edición, por primera vez, de ‘Deseo’, de O’Flaherty, repasamos las grandes obras de Irlanda

¿Qué misterio hace que una isla medio despoblada en el confín de Europa posea la más alta concentración de escritores de talento del mundo?

Antonio Rivero Taravillo

¿Qué misterio hace que una isla medio despoblada en el confín de Europa posea la más alta concentración de escritores de talento del mundo? Quizás parte de la respuesta resida en su carácter insular: esto sería comprobable también en Islandia (en la que, por cierto, se asentaron monjes irlandeses antes de la llegada de los escandinavos) o en Cuba. Pero hay otros ingredientes que intervienen en la fórmula magistral de su literatura única.

Para empezar, Irlanda merecería respeto aunque solo fuera por haber tenido un alfabeto propio (el ogham, usado en inscripciones) y por sus canas, más venerables que Beda: la tradición abarca de manera ininterrumpida ya dieciséis siglos. Luis Cernuda, que llegó a conocer bien la obra de Yeats pero lo ignoraba casi todo de los compatriotas de este, llegó a escribir que le parecía exagerado un libro que hablaba de “mil años de literatura irlandesa”. Ciertamente, el título era inexacto, pero no por exceso sino por defecto: porque a su arco temporal hay que añadir varias centurias de la rica literatura vernácula de los ciclos del Ulster y de Finn (que abordan temas y personajes de cuando alborea la era cristiana). Los relatos paganos adquirieron luego en los monjes, a partir del siglo V, una continuidad que llega a nuestros días. En los lejanos medievales, tiñeron los grandes temas amorosos e influyeron en el romance artúrico.

Joyce no fue muy novedoso al recrear La Odisea. La primera adaptación (como la de 1922, muy libre) de Homero a cualquier lengua vernácula se hizo al irlandés medio (hacia 1200): en ella, Ulises hijo de Laertes muda en Uilix mac Leirtis. Y hubo también injertos de la materia troyana en la literatura irlandesa antes que en ninguna otra.

Existe una interesante literatura latina irlandesa (de raíz religiosa, ya que la isla nunca fue parte del Imperio romano), pero sobre todo es de destacar la convivencia, a menudo violenta, entre la lengua gaélica y el inglés. En la interacción de ambos idiomas habrá que ver la fertilidad del país.

En El Libro de las Conquistas (Akal) tenemos la prehistoria mítica de esta ínsula extraña. Luego, el héroe Cú Chulainn ha inspirado gestas como las recogidas en La embriaguez de los ulates (Torre Manrique) o las ensambladas por Lady Gregory en Cuchulain de Muirthemne (Paréntesis). Pocos saben que, según la tradición, un manuscrito con esta epopeya se perdió por haberse canjeado por otro de las Etimologías del hispalense san Isidoro, muy popular en los scriptoria hibérnicos.

En el siglo XVIII descuella la sátira del deán de la catedral de San Patricio, Jonathan Swift, con Viajes de Gulliver (Pre-Textos) o Una humilde propuesta (Nórdica). Con confusión daltónica, el rojo de la sangre empezó a manar en la Isla Esmeralda con Sheridan Le Fanu, autor de Carmilla (Alianza), y Bram Stoker , de Drácula (Mondadori). Lord Dunsany es maestro de lo fantástico, como en Cuentos de los tres hemisferios (Espuela de Plata).

El siglo XIX, el de la Hambruna, es el de la emigración (como las abejas de algunos tratados medievales de apicultura en gaélico, muchos irlandeses marcharon a polinizar otras flores, otros países). Y prepara el XX, el de la gran eclosión: James Joyce escribe Ulises o Dublineses (los dos en Cátedra) y Liam O’Flaherty novela el bandidaje político en El delator (Asteroide). Por su parte, Oscar Wilde, infinitamente traducido, ha llegado a simbolizar el ingenio y la chispa irlandeses. De Beckett, se ha publicado recientemente su primera novela, Sueño con mujeres que ni fu ni fa (Tusquets).

Durante poco más de 25 años Flann O’Brien derramó su ingenio en columnas periodísticas recogidas en La gente de corriente de Irlanda y en novelas-festines como En nadar dos pájaros, La boca pobre o El tercer policía (todas en Nórdica).

Francis McCourt radiografía la miseria y el alcohol en Las cenizas de Ángela (Maeva). Jamie O’Neill retrató el despertar doblemente liberador (en lo sexual y en lo político) en una novela extraordinaria, Nadan dos chicos (Pre-Textos). Colm Tóibín es autor de recientes novelas estupendas, pero me gustaría destacar El sur (Emecé), que se desarrolla en Barcelona. Seamus Deane indaga en el remordimiento (esa veta tan honda en un país católico) en su hermosa Leer a oscuras (Mondadori). Elizabeth Bowen brilla en la memoria de una infancia dublinesa en Siete inviernos (Pre-Textos). Y John Banville pasa por ser hoy el mejor estilista de la prosa en inglés.

En cuanto al género dramático, el renacimiento literario irlandés es inseparable del Abbey Theatre o del Gate, cuyos escenarios han visto estrenos memorables.

Veo que me he dejado llevar por el gusto irlandés de contar una buena historia. Me podía haber ahorrado los párrafos anteriores si hubiera ido directamente al grano: para saber y saborear lo que de peculiar tiene la literatura de Irlanda, nada como leer Deseo, el volumen de cuentos que Liam O’Flaherty escribió en gaélico: ahí se halla el paisaje, la naturaleza, el desamparo del ser humano ante fuerzas que lo sobrepasan (las telúricas y las de un firmamento hostil), más el humor, la delicadeza, la animosa melancolía; en realidad, todo el espectro de las músicas de la isla, que oscilan del aire lento más desolador a la melodía de baile, jovial, deliciosa. Uno de los cuentos de ese volumen se titula “La Laguna Encantada” (“Uisce faoi dhraíocht”, que también significa “agua hechizada”, que es la que mana de la literatura irlandesa). En esta circunnavegación por la isla hemos vuelto al lugar de donde partimos: la magia.

Por ese apodo se conoce secularmente a Irlanda, y Joyce tituló así un ensayo sobre su país. Desde los fili y los bardos de antaño, los poetas ocupan un lugar prominente en la isla, hasta el punto de que el actual presidente, Michael D. Higgins, es también autor de algunos poemarios. Otrora, podían matar con sus sátiras, y alababan a sus señores, además de embellecer con el verso la épica (transmitida oralmente en prosa y luego consignada en códices).

La poesía más antigua en gaélico la recogí hace años en Antiguos poemas irlandeses (Gredos). La escrita en inglés es numerosa y de gran calidad, y no está mal representada entre nosotros. Dos de los cuatro premios Nobel irlandeses son poetas: W. B. Yeats, cuya Poesía reunida (Pre-Textos), maravillosa, atrajo a J.R.J., y Seamus Heaney (con varias obras publicadas en Visor).

Otros grandes nombres son Patrick Kavanagh, con La hambruna y otros poemas (Pre-Textos), y Paul Muldoon, con Indecisiones (Visor). La poesía femenina (que pasa por un excelente momento) ha sido antologada en Irlandesas. 14 poetas contemporáneas.

Recordando su pasado, Irlanda instituyó en 1981 la Aosdána, una suerte de academia de creadores, que integra a literatos y también a otros artistas.

* Antonio Rivero Taravillo es traductor del libro de cuentos Deseo (Nórdica Libros), de Liam O’Flaherty.

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