“In Dublin fair city” (la ciudad más literaria, sin duda)

Artículo de Ignacio Jáuregui en el diario Sur:

In Dublin fair city

Entre la continua evocación literaria y la épica insidiosa de las canciones

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La banda sonora continua del monólogo interior que acompaña el deambular -con ese brillo prometedor y engañoso que, ay, desaparece al tratar de volcarlo al papel- le es al viajero tan natural y constante como la respiración pero, nada más pisar Dublín, el discurso se le vuelve deliberado, consciente de sí e inevitablemente pomposo. La ciudad está tan sobrecargada de literatura que a veces, a quien llega con sus lecturas hechas, la letra impresa no le deja ver la realidad.

No se trata sólo de Leopold Bloom, aunque la impregnación del Ulysses en la ciudad sea tan absoluta como para suplantarla; es el delator de Liam O’Flaherty dando tumbos por los callejones, son los perdedores de Behan atrapados entre los dos bandos de una guerra civil inacabable o, cómo olvidarlo, Gabriel Conroy mirando fijo a la muerte tras los visillos al final de The Dead. Son también, ecos de ecos, las voces de otros escritores de paso: el desconocido del macferlán que desde el entierro de Paddy Dignam se cuela en los delirios de Vila Matas, o el taxista que atormentó a Javier Marías con Seven Drunken Nights. Y es sobre todo la épica insidiosa de las canciones: en Grafton St, cada belleza morena que pasa es la reina de corazones a quien Kavanagh entregó el signo secreto y, si suena junto al Liffey la campana del ángelus, es difícil no imaginar las filas silenciosas de hombres armados que bajaron un día de Pascua through the foggy dew.

Tampoco es cuestión de, por evitar mixtificaciones, cerrar los oídos a toda evocación y vaciar la mente de recuerdos, sino más bien de conseguir que la palabra escrita vibre, traslúcida y superpuesta, sobre la ciudad real. No debe ser tan difícil cuando la fiesta mayor consiste en vestirse de personajes de una novela y repetir sus andanzas, cuando los pubs están decorados con retratos de escritores, los premios Nobel se celebran como copas del mundo y el principal monumento es una maravillosa biblioteca.

Que la identidad literaria nacional se haya construido en inglés y no en el gaélico de los antepasados (presente sólo en rótulos oficiales, a pesar de las subvenciones) es algo que no deja en buen lugar a los mitos irredentistas. Hay que decir, sin embargo, que Irlanda ha conseguido impregnar la lengua del opresor de un sabor peculiar. Al viajero se le ocurre que son los nombres propios (Conan, Brendan, Declan; Sean, Finn, Liam) los que infiltran de brumas célticas y sones de arpa (Finnegan, Donnegan, Monahan) el inglés de la isla. De las sagas ancestrales (O’Hara, O’Meara, the green hill of Tara) a los retratos urbanos de Roddy Doyle (Kinsella, Costello, las torres Martello) una melodía común tan reconocible como el vozarrón de Van Morrison recorre (Meagher, Gallagher, Maher; Connolly, Reilly, Donnelly) un corpus narrativo asombrosamente compacto y autorreferente.

Dublín parece siempre enredada en el lamento del tiempo que se fue (the likes of them shall not be seen again). Ahora ronda el temor de que la ciudad amable, borrachuza y verborreica caiga sacrificada en la pira igualadora del mercado global. Los dublineses, ha escrito un columnista, han descubierto Ikea por culpa del euro. Antes podías pasarte la vida en el pub; ahora, con el precio a que se ha puesto la cerveza, nadie puede permitirse salir más que los viernes y no queda más remedio que redecorar. También en España vivimos esas zozobras para darnos cuenta al final de que uno no cambia así como así. Una ciudad donde los pubs no ponen música para no estorbar la conversación no va a dejarse transformar tan fácilmente. Pasarán euforias y crisis y Dublín seguirá siendo, melancólicamente bañada en cerveza e identidad, ese lugar envidiable y acogedor al que siempre apetece volver.

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