Colum McCann presenta ‘Transatlántico’, una historia alternativa de Irlanda

Colum McCann

Colum McCann (Dublín, 1965) llegó a Estados Unidos en 1986 desde su Irlanda natal. Quería convertirse en escritor. Tras el intento fallido de abordar una primera novela, McCann se subió a la bicicleta y, durante año y medio, recorrió más de 12.000 kilómetros de costa a costa. Fue su peculiar viaje “Transatlántico”, según informa el Cultural de ABC.

Un viaje que para él resultó iniciático y que casi 20 años después rememora, de alguna forma, en su nueva novela. Sin abandonar el lirismo con el que abordó la tragedia del 11−S ( “Que el vasto mundo siga girando” logró el National Book Award en 2009), el autor dibuja en “Transatlántico” (Seix Barral) un friso (la línea entre realidad y ficción vuelve a tornarse difusa en su obra) de los últimos siglos de Historia de Irlanda . McCann vuelve a casa… Aunque, de hecho, nunca se marchó.

− ¿Qué le llevó a escribir “Transatlántico”?

− Al principio fue la historia de Frederick Douglass (1818−1895), casi olvidada. Un esclavo negro de 27 años llega a Irlanda y recorre el país durante cuatro meses. Al mismo tiempo, es testigo de la gran hambruna irlandesa. No podía dejar de pensar en esa historia. Así es como funciona: escribimos para acercarnos a nuestras obsesiones. Luego descubrí que quería apoyar la novela en el presente, quería escribir sobre el senador Mitchell y el proceso de paz. Pero es un personaje que está vivo, así que la novela se convirtió en una forma alternativa de contar la Historia real.

− ¿Buscaba contar la Historia de forma alternativa?

− La historia irlandesa más importante de los últimos cien años ha sido la pacificación, y Mitchell contribuyó a negociarla en nuestro nombre. Entre ambas historias había 150 años y, en un sentido matemático, John Alcock y Arthur Brown (realizaron el primer vuelo transatlántico sin escalas, de ahí el título) encajaban perfectamente (cronológica, metafórica y físicamente) entre ellas.

− Estamos, por tanto, ante una novela histórica.

− No me gusta esa expresión. Me parece limitada. Incluso una novela sobre el “pasado” es sobre la actualidad. “Transatlántico” intenta responder a cuál es el momento exacto en que algo se convierte en pasado. Tengo la sensación de que el pasado puede extenderse a medida que nos alejamos de él. Nuestra relación con la Historia está en constante evolución. Joyce decía que el propósito de escribir era recrear la vida fuera de la vida. Encontrar el pulso del momento sobre el papel, hacer que las historias sean el corazón vivo de las cosas.

− Es el primer libro que escribe sobre su país. ¿Necesitaba distanciarse de Irlanda para poder verla con perspectiva?

− No necesariamente. No creo que tenga que estar lejos para escribir sobre Irlanda. La propia figura de “escritor en el exilio” ya no funciona. El mundo cambia demasiado deprisa bajo nuestros pies. Con internet, estamos en una especie de “todas partes”. A veces nos sentimos más “en casa” cuando estamos en el extranjero.

− Esa sensación es muy común en el periodismo. Usted empezó como periodista, pero al final optó por escribir novelas.

− El periodismo es narrar algo en el presente. La Historia es narrar algo mirando al pasado. La ficción es esa noticia que está viva, tanto en el pasado como en el presente, y puede que también en el futuro. Pero no veo mucha diferencia entre escribir buen periodismo, buena poesía y buena ficción… Lo que importa es que esté bien escrito. Ninguna forma es mejor que otra. El buen periodismo puede cambiar el mundo; la mala poesía, no.

− ¿Qué opina de la distinción, tan sutil en su obra, entre ficción y no ficción?

− No hay ninguna diferencia. Sigue siendo una forma de narrar historias. En Transatlántico intento poner en duda la idea de lo que es “real” y lo que es “imaginado”. ¿Puede lo imaginado considerarse real? ¿Quién posee la Historia? ¿Quién tiene derecho a contarla? ¿Qué hay de ese personaje pequeño? ¿Dónde está su voz? Todas esas preguntas me parecen importantes. Por eso el libro se detiene en la historia de unas mujeres anónimas. Quería que las mujeres poseyeran la novela. A menudo se las excluye de los libros de Historia, como si las armas y la testosterona gobernasen el mundo. Al escribir sobre las mujeres, me sentía como si estuviera corrigiendo un pedacito de la Historia. Y, francamente, me gustan las mujeres. Escribir sobre ellas, imaginarlas, pasar tiempo con ellas, como personajes y como personas.

− Da clases de escritura creativa en el Hunter College de Nueva York.

− Me encanta ser profesor. Tengo seis alumnos cada año. Doy clases junto a Peter Carey . Es fascinante y una lección de humildad. Me mantiene alerta.

− ¿Y escribir? ¿Es un deseo, una necesidad?

− Es tanto un deseo como una necesidad. También es una aventura en sentido estricto: viajo, corro riesgos. Vivo mis locuras en lo que escribo. Como dice Vonnegut , “deberíamos estar continuamente saltando desde el precipicio y desplegando las alas al caer”.

− ¿Ha llegado a sentir que debía controlarse para no ponerse demasiado sentimental?

− Sí, continuamente. Pero hay una diferencia entre el sentimentalismo y la sensiblería. Es una línea muy fina. Necesitamos los sentimientos, pero debemos evitar la sensiblería. Tenemos que vivir la vida en voz alta, como decía Zola . Prefiero mostrar mis sentimientos a ser un viejo charlatán cascarrabias sentado en un rincón lamentándose del mundo. Los cínicos me aburren. Y los pesimistas son los más sensibleros. Sólo viven en la nube de su pequeñez. Prefiero un optimista mil veces. Un optimista es mucho más vigoroso y aventurero. Al menos un optimista está preparado para fracasar.

− ¿Tiene alguna costumbre o manía a la hora de escribir?

− ¡Escribo en el armario, literalmente! Rediseñé mi oficina para que tuviera un escritorio en forma de L, así que empujé el escritorio y lo metí en un armario. Y luego decidí que me gustaba sentarme en el escritorio, con las piernas estiradas, en el… bueno… en el armario. Con un viejo portátil sobre las rodillas, abollado, lleno de migajas y trozos de… ¿La verdad? ¡Montones de pelo caído! Hay muchas fotografías alrededor. Adornitos en las baldas. Retratos de familia antiguos. Cuando mis amigos vienen, escriben en la pared. Me gusta ese espacio porque es muy estrecho. Hace que mi visión se centre. Sin ventanas. Cuando corrijo, o si estoy trabajando en un proyecto periodístico, salgo del armario y trabajo en el escritorio como un ser humano normal.

− Hábleme de “Narrative 4” .

− Queremos que niños de todo el mundo aprendan lo que significa ser “otro”. Es el tema sobre el que llevo escribiendo toda mi vida. Mi proyecto ha sido tratar de imaginar la vida de otros. Las historias son el motor de lo que somos. Son un arma poderosa. Debemos tratarlas con respeto. Los escritores son radicales por naturaleza. Seguro que algunos escriben para ganar dinero o entretener a la gente, pero a la mayoría nos importa lo que pasa en el mundo.

 

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