‘El último septiembre’, de Elizabeth Bowen

El último septiembre: tennis parties en la Irlanda en guerra

el ultimo septiembreFuera de las paredes de la gran mansión campestre de sir Richard y Lady Naylor, un poco más allá de donde acaban las verjas que delimitan sus extensiones de terreno, Irlanda se encuentra sumida en plena guerra de guerrillas. Mientras Lady Naylor ofrece tennis parties en las que la protagonista es su sobrina Lois y en la que los soldados británicos se enfrentan en partidos de dobles con las jovencitas casaderas de la aristocracia (protestante) local, fuera se organizan emboscadas. Y mientras Lois, la sobrina de la casa, baila por el jardín a la hora del crepúsculo con Gerald, el suboficial que se ha enamorado de ella, por una apuesta mientras otro soldado sostiene el gramófono, en algún lugar se están pegando tiros y está muriendo gente.

Esta sorprendente atmósfera es la que Elizabeth Bowen captura en El último septiembre, una historia escrita en 1928 que recoge lo sucedido unos cuantos años antes “en aquellos días” en los que “las chicas llevaban faldas blancas almidonadas y blusas transparentes adornadas con flores también blancas”. Bowen sabía perfectamente lo que había sucedido y la extraña situación en la que se encontraban los terratenientes angloirlandeses porque, al fin y al cabo, ella era una de ellos y la única heredera de Bowen Court, un palacete rural en el condado de Cork que en la novela se convierte en Danielstown, el hogar de sir y lady Naylor.

¿Qué ocurre en El último septiembre? Como en muchas otras obras de la época y del mundo en el que se movía Bowen (una de las escritoras del círculo de Bloomsbury y que es el contrapeso a esas otras escritoras de los años 30 como puede ser Stella Gibbons, quien por cierto le robó un premio – al sentir de Virginia Woolf – a Bowen), esta es una obra más de atmósfera que de hechos. Estamos en pleno final de verano en Danielstown, una casona – palacete de la Irlanda rural que pertenece a los Naylor, terratenientes angloirlandeses. Acaban de llegar los Montmorency, unos amigos de toda la vida (y él estuvo en el pasado muy enamorado de la difunta hermana de sir Richard Naylor) que servirán para romper con la rutina. En la casa están, además, Laurence, el sobrino de Lady Naylor, que es un intelectual estudiante de Oxford que hubiese preferido pasar el verano en España (pero no tenía dinero para ello), y Lois Farquar, la única sobrina de sir Richard y la hija de la difunta hermana. Lois tiene 18 años y es la protagonista – o al menos el personaje que tiene más peso – en esta historia.

La vida transcurre monótona en la casa, como en todas esas casas de los aristócratas británicos de la época. Organizan cenas, fiestas y las habituales tennis parties en las que se encuentran con sus semejantes y los jóvenes flirtean intentando buscar una pareja adecuada. Para las jovencitas hijas de los terratenientes anglo-irlandeses (porque todos los que se mueven en estos círculos lo son), el ejércido del Imperio Británico era un buen proveedor de maridos… aunque la I Guerra Mundial haya hecho que el ejércido ya no sea lo que era. Comen frambuesas, beben té y escuchan música de moda en sus gramófonos. Gerald Lesworth, el suboficial (de algún lugar de Surrey que los Naylor no pueden evitar juzgar con desdén) que está enamorado de la joven Lois, incluso compone música para una banda de jazz.

Todos son conscientes de lo que está sucediendo fuera (y de vez en cuando hablan incluso de ello), pero todos viven realmente de espaldas a la realidad. Aunque, por supuesto, como lectores sabemos que la realidad acabará atrapándolos en algún momento, por mucho que Lady Naylor no entienda el que los padres de las amigas del internado de Lois (en Inglaterra) no dejen que sus hijas visiten a su sobrina porque Irlanda es un lugar peligroso.

Bowen explica en el postfacio (en la edición de Acantilado lo han incluido al final, aunque es un prólogo a una de las ediciones estadounidenses) que lo que quería capturar era la compleja situación en la que se encontraban toda esa aristocracia, que no sabía muy bien qué era. Al fin y al cabo, eran protestantes, venían de Inglaterra y recibían en sus hogares al Ejército británico (al fin y al cabo era quien le aseguraba estar donde estaban), pero por otra parte también se sentían irlandeses y veían a los ingleses, como llaman con desdén a los que llegan de fuera, como extranjeros. “Me sorprende que tengan tanto tiempo”, dice en un momento Lady Naylor, tras escuchar el relato por parte de su sobrina de algunas de las cosas que están haciendo los oficiales y que no son exactamente luchar en los caminos. “Aunque si bailaran más y dejaran de entrometerse en lo que no les incumbe, seguramente habría menos disturbios en el país”, añade.

Aunque más que como un testimonio de lo que fue o de como era, es más una historia sobre el fin de las cosas, el fin de una época y de una clase, una historia de cierta decadencia.

 

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