¿Qué ha sido del proceso de paz de Irlanda del Norte?

¿Qué ha sido del proceso de paz de Irlanda del Norte?

Los partidos políticos del Ulster intentan de nuevo desatascar las negociaciones con el ex senador estadounidense Gary Hart como mediador, informa Silvia Martínez para los periódicos del grupo Deia.

El ministro irlandés de Exteriores Charlie Flanagan con el enviado de EEUU, el ex senador Gary Hart.

El ministro irlandés de Exteriores Charlie Flanagan con el enviado de EEUU, el ex senador Gary Hart.

El proceso de paz de Irlanda del Norte sigue siendo un ejemplo a seguir al que la Unión Europea mima y mira con orgullo, pero hasta el mejor de los ejemplos atraviesa problemas y este no es la excepción. Aunque han transcurrido dieciséis años desde la firma en Belfast de los Acuerdos de Viernes Santo, que pusieron fin a tres décadas de conflicto, sigue habiendo cuestiones pendientes que dividen a unionistas y republicanos y que impiden la reconciliación. Desde cómo regular las tradicionales y polémicas marchas orangistas hasta el uso de la bandera de Reino Unido en los edificios públicos norirlandeses y, sobre todo, cómo abordar la violencia y asesinatos dejada tras de sí por el IRA, los grupos paramilitares británicos y años de abusos policiales.

Las últimas conversaciones entre los partidos políticos norirlandeses, con el ex diplomático estadounidense Richard Haass como mediador, encallaron a finales del año pasado por la negativa unionista y estos días los partidos vuelven a sentarse, bajo la mediación de Gary Hart, el nuevo enviado especial de Barack Obama, para tratar de encarrilar de nuevo el proceso. “Trabajando juntos los partidos pueden ofrecer a Irlanda del Norte el futuro compartido, estable y próspero que se merece la sociedad”, decía Hart pocos días antes de que el Parlamento Europeo aprobara en Bruselas una resolución de apoyo al proceso avalada por seis de los siete grupos políticos de la cámara en la que prometen seguir dándole cobertura política y económica.

Pese al impasse que viven las negociaciones, lo cierto es que el día a día en la región ha cambiado bastante. No hay ejército en las calles, no hay bombas, ni asesinatos, ni heridos, ni protestas como las de hace treinta años. “Tenemos casos aislados de violencia sí, pero no tenemos la violencia colectiva característica durante toda la etapa del conflicto. Eso ya no existe”, explica Fionnuala Ni Aolain, profesora de derecho y directora asociada del Instituto de Justicia Transitoria de la Universidad del Ulster, un centro nacido hace una década y que estudia sociedades que emergen de conflictos. “Puede haber pequeños grupos que no hayan aceptado los acuerdos y que puedan causar problemas pero son muy poco representativos de la sociedad. La vasta mayoría de nosotros apoyamos el proceso porque es la única forma de avanzar”, añade Michael Culbert, ex prisionero político del IRA y director de un proyecto en Belfast que emplea a exprisioneros para explicar su pasado.

La división en la sociedad, sin embargo, se mantiene. Niños y niñas católicos siguen estudiando en su mayoría en escuelas católicas. Lo mismo hacen los hijos de familias protestantes, mientras que el mercado de la vivienda sigue segregado y la mayoría de los muros que dividían físicamente a las comunidades siguen en pie. Kilómetros de barreras y muros que el Gobierno de Irlanda del Norte quiere eliminar para 2023 y que solo echará abajo con el consentimiento y apoyo de una población que se resiste. El último informe anual que evalúa el proceso de paz augura que la desaparición de estas barreras será algo gradual. Tan gradual como un proceso que dieciséis años después tiene retos importantes sin resolver.

Para empezar, de gobernanza, porque hay dos partidos con dos tradiciones políticas y sentimientos muy distintos compartiendo el poder en el Gobierno de Irlanda del norte: el republicano Sinn Féin y el unionista Partido Unionista Democrático (DUP), en un gobierno de coalición formado por cinco partidos. “Hay grandes diferencias sobre cómo afrontan la historia del conflicto, cómo afrontan el pasado, con las víctimas y su deseo de lograr algún tipo de compensación o proceso de la verdad”, admite Fionnuala Ni Aolain. Un elemento clave en esta ecuación es la amnistía. Técnicamente, explica esta profesora en conversación desde Minnesota, no la ha habido. “Todavía hay gente convicta por los delitos que cometieron, pero como parte del proceso de paz se permitió a determinados prisioneros, en función de su comportamiento, acceder a la libertad”. Bajo la legislación británica, las autoridades públicas pueden volver a procesar a un ex convicto que hubiera cometido algún crimen si juzgan que tienen pruebas suficientes -en mayo pasado, por ejemplo, las autoridades detuvieron para interrogar al líder del Sinn Féin, Gerry Adams, por la desaparición de Jean McConville en 1972-, lo que dificulta conocer el pasado. “La cuestión es que nadie quiere decir qué ha hecho porque si lo dicen tienen posibilidades de terminar procesados, así que las víctimas no consiguen saber qué ocurrió con sus familiares. No hay incentivos para contar la verdad”, añade Ni Aolain.

No es la única piedra en el camino. Las diferencias de opinión sobre las marchas orangistas y el uso de las banderas -el Ayuntamiento de Belfast decidió hace dos años que la Union Jack británica solo ondeara en determinadas ocasiones desatando una oleada de violencia- pueden parecer simbólicas pero reflejan un problema de identidad profundo. “Una mayoría de unionistas se sienten alienados, sienten que han perdido algo, así que aunque las marchas o las banderas puedan parecer temas menores son elementos emocionales importantes que pueden hacer fracasar un proceso de paz”, opina. “No importa si es lógico o racional. Es la sensación de pérdida, de que hay un acuerdo que no es justo, lo que es peligroso”, agrega.

Unionistas y republicanos se culpan mutuamente. Los primeros recriminan las amenazas republicanas y los segundos los obstáculos que ponen los unionistas para cumplir con lo pactado en 1998. “Tenemos dos grandes partidos y si uno de ellos no quiere es difícil avanzar. El Sinn Féin está intentando mejorar las relaciones pero el DUP ha rechazado comprometerse”, apunta Culbert. Y lo mismo hacen desde el Sinn Féin, que acusan a los unionistas de dejar de lado y bloquear medidas como la ley sobre la lengua irlandesa. “Lo que necesitamos ahora es que los líderes unionistas se comprometan en unas verdaderas negociaciones cuando regresen a Irlanda porque desgraciadamente aquí dicen unas cosas y actúan de forma distinta cuando llegan a casa”, lamenta Martina Andersson, eurodiputada del Sinn Féin y la única de los tres diputados por Irlanda del Norte en aceptar explicar el estado de las negociaciones.

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