El primer Bloomsday (vídeo y crónica)

El 16 de junio de 1904 transcurre la acción de Ulises, la novela de James Joyce que revolucionó la literatura contemporánea. Hoy es una tradición anual recordar los avatares de su protagonista Leopold Bloom por las calles de Dublín, precisamente ese día. Pero ¿cuándo empezó esa festividad tan literaria (e incluso metaliteraria)? Aquí tenéis un vídeo con imágenes originales de aquella fiesta. Lo cuenta todo con lujo y esmero Antonio Rivero Taravillo, del prólogo de ‘Cien años y un día. Ulises y el Bloomsday’. Y os invito a leerlo entero en su blog.

En junio de 1924 Joyce se estaba recuperando de la que era ya su quinta operación de la vista, y un grupo de amigos le envió un ramo de hortensias para celebrar el Bloomsday o día de Bloom, el protagonista de Ulises. Al parecer fue Sylvia Beach, la primera editora del libro, quien acuñó el término, y quien en años sucesivos organizó reuniones conmemorativas. En el veinticinco aniversario, es decir, en 1929, la celebración tuvo lugar el 27 de junio en un hotel en Les-Vaux-de-Cernay, a las afueras de París, muy apropiadamente llamado Hôtel Léopold, y al almuerzo (Déjeuner “Ulysse”) promovido por la librera Adrienne Monnier asistieron, entre la más de una veintena de asistentes,Nora, Lucia y James Joyce, Sylvia Beach, Samuel Beckett y Paul Valéry. Aquel almuerzo y su coda de paradas en diversos establecimientos para tomar copas al regreso también celebró otro acontecimiento: la publicación de la versión francesa de Ulises, que editada por Monnier había aparecido en febrero de aquel año traducida por M. August Morel y revisada por Valery Larbaud y el propio Joyce.

Pero la primera vez que se celebró en el país natal de Joyce fue hace cincuenta y un años [según la fecha del presente prólogo], y no fue organizado por universidad alguna ni por la siempre ávida de divisas Bord Fáilte o, en román paladino, Oficina de Turismo de Irlanda.

Aquel Bloomsday inaugural de 1954, para celebrar el cincuentenario de la famosa jornada, fue organizado por Flann O’Brien y John Ryan, director de la revista Envoy. Se reunieron Anthony Cronin, joven poeta, como trasunto de Stephen Dedalus; O’Brien, mitad Simon Dedalus, mitad Martin Cunningham; Ryan en el papel de Myles Crawford; Patrick Kavanagh, no se sabe muy bien como qué; y, finalmente, Tom Joyce, un dentista primo de James que por supuesto no había leído Ulises, en representación de la familia. Además, convencieron para que los acompañara al secretario de Trinity College, un judío que había de representar al hebreo Bloom.

Era, por supuesto, antes de que se abriera el pequeño museo de la torre Martello, hoy rebautizada como Joyce Tower, y antes de que se restaurara la casa familiar del 35 de North Georges Street para albergar el James Joyce Centre. Antes de que se colocara la estatua del escritor casi enfrente de la emblemática Oficina Central de Correos, y antes, mucho antes, de que su reputación quedara limpia para futuras generaciones de irlandeses. Si bien hoy hasta el carterista y la prostituta lo conocen de sobra aunque sólo sea porque su efigie haya estado un tiempo en los billetes del Banco de Irlanda, en 1954, décadas después de su publicación, no muchos fuera de los círculos literarios conocían al autor de Ulises.

En No Laughing Matter: The Life and Times of Flann O’Brien, Anthony Cronin nos cuenta que tres años antes, Ryan había pedido a O’Brien que coordinara un número especial de Envoy, la revista que editaba, dedicado a Joyce. Curioso reto. Porque es cierto que O’Brien admiraba a Joyce y conocía su obra, pero también que estaba ya harto de que constantemente se hablara de su influencia en él, y siempre que tenía ocasión dejaba caer algún comentario displicente sobre el autor de Ulises (Beckett fue testigo de una de estas salidas de tono, en la que lo calificó como “Joyce, ese autor de refritos de cuentos de criadas”) y en su columna “Cruiskeen Lawn” que firmaba con el seudónimo de Myles na Gopaleen (Flann O’Brien también era seudónimo, siendo su nombre real Brian O’Nolan o las diferentes formas, más o menos gaelizantes del mismo) no era infrecuente ver menciones desdeñosas al “pobre Joyce” o, lo que es peor aún, al “pobre Jimmy Joyce”. En aquel número especial de Envoy apareció publicado el célebre poema satírico de Kavanagh titulado “¿Quién mató a James Joyce?”, del que no salen bien paradas las tesis presentadas en Harvard ni los profesores de Yale u otros individuos y poses del mundo académico. La aportación de O’Brien fue un paródico, mordaz y envenenado artículo titulado “Una juerga en el túnel”, en el que, junto a la reivindicación del Joyce humorista, hallamos el germen del desvarío que más tarde publicaría en El archivo de Dalkey.

Aquella mañana O’Brien publicó su habitual columna en el Irish Times, esta vez dedicada al Bloomsday, y en ella no ahorraba pullas a Joyce. Lo cual no le impidió estar junto al resto de sus compañeros de celebración temprano junto a la torre Martello de Sandycove, donde pronto empezaron a entonarse con unas bebidas proporcionadas por el arquitecto Michael Scott, vecino del lugar. Enseguida empezaron a hacer tonterías: Kavanagh y O’Brien treparon por un terraplén, a ver quien alcanzaba antes la torre; hubo agarrones y Kavanagh casi se parte la crisma ante los tirones de su acalorado, y ya achispado, contrincante en el ascenso.

Luego vino una parte más supuestamente seria, la recreación del capítulo “Hades”. A bordo de dos coches de punto como los que podrían haberse usado en 1904, el grupo se dispuso a remedar el funeral de Paddy Dignam. Ataviada como para un entierro y ebria como recién salida de un velatorio, la estrafalaria comitiva se detuvo en un pub de Blackrock; cuando el dueño supo que todo aquello era por James Joyce, “el escritor”, el buen hombre sólo pudo pensar en un tal Jimmy Joyce (the sign-writer from Newton Park Avenue) que, efectivamente, se ganaba la vida escribiendo, pero ¡rótulos y carteles! Mucho ha llovido desde entonces, y quizás algún pariente de Jimmy, escritor de brocha gorda, se ufane hoy, confundiendo realidad y deseo, de tener a un literato en la familia.

Nuestros amigos bebieron en un buen número de pubs, y aligeraron sus vejigas, como Stephen Dedalus en Ulises, sobre la arena de la playa de Sandymount, no lejos de donde hoy reside el Premio Nobel de Literatura Seamus Heaney. Luego se detuvieron en una casa de apuestas para escuchar la retransmisión por la radio de una carrera de caballos, y recalaron en el Bailey, un bar que dos años después compraría Ryan, ese adinerado mecenas que llegó a viajar en su yate a la Ítaca griega y compró a las monjas a las que fue a parar la casa de Eccles Street la puerta del número 7. Ya en el Bailey, no continuaron el periplo: prefirieron quedarse al abrigo de unas copas, en tertulia, antes que seguir y adentrarse en los inhóspitos burdeles de la ciudad nocturna.

A partir de entonces las celebraciones del Bloomsday fueron consolidándose año tras año, y como ya vio Kavanagh en su poema, legiones de profesores americanos aterrizaron junio tras junio en Irlanda con objeto de repetir los pasos de los personajes de la novela de Joyce. Tierra de santos y poetas es epíteto común de Irlanda. Parece que el mercadeo de reliquias no terminó en época de Santa Brígida o San Brendan, San Ciarán o San Enda. Se cuenta que O’Brien y algunos de sus compinches vendieron a americanos incautos unos cuantos sombreros que supuestamente habrían pertenecido al autor de Ulises.

[El texto de este artículo ya fue publicado en este blog el 14/06/2010.]

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