Cuando se conmemoraba la huelga de hambre de Bobby Sands y sus compañeros en 1981, recordábamos que los militantes republicanos presos ya habían recurrido anteriormente a esta forma de lucha extrema. Durante la guerra de independencia (como se conoce en la historiografía irlandesa a la guerra de guerrillas que libró el IRA contra el ejército británico de ocupación), los republicanos irlandeses presos en cárceles y campos por todo el país realizaron huelgas de hambre en las que exigían ser tratados como prisioneros de guerra. Tras la muerte de Thomas Ashe en huelga de hambre en 1917 y una huelga de hambre masiva de dos semanas en la prisión de Mountjoy en abril de 1920, las autoridades británicas reconocieron a los presos republicanos ese estatus político, pero en agosto se lo retiraron otra vez. Se respondió entonces con otra huelga de hambre masiva, esta vez en la prisión de Cork, a cargo de 60 miembros del IRA, en su mayoría presos sin acusación ni juicio. En esta ocasión Londres endureció su posición y prefirió arriesgarse a que murieran los prisioneros antes que realizar concesiones.
De entre estos prisioneros iba a destacar, por su alto cargo y por la enorme repercusión internacional que provocó, el miembro del Dáil (Parlamento irlandés, reunido en Dublín en rebeldía) y Alcalde de Cork por el Sinn Féin Terence MacSwiney (Traolach MacSuibhne). Sólo hacía unos meses que acababa de sustituir al frente del Ayuntamiento a su compañero Tomás MacCurtain, que en marzo había sido asesinado a tiros en su cama por un escuadrón de los Auxiliares (una fuerza represiva británica). MacSwiney no tuvo mucho mejor suerte y muy pronto fue detenido en su propio despacho acusado de tener documentación secreta policial. El 16 de agosto un consejo de guerra sumarísimo le condenó a dos años de cárcel, a lo que el alcalde respondió desafiando al tribunal con su huelga de hambre: “No he tomado alimento desde el jueves; por lo tanto, en un mes estaré libre, vivo o muerto”. Su caso estaba adquiriendo eco internacional y había provocado disturbios en Irlanda, por lo que las autoridades decidieron trasladar a MacSwiney de la prisión de Cork a la de Brixton en Inglaterra.
Mientras tanto, en Norteamérica se amenazaba con boicotear a los productos británicos, cuatro países de América Latina apelaban al Papa para que interviniera y se sucedían las protestas en Alemania y Francia. En este contexto, Juan Antonio de Blas, en su novela “Día de Ira”, describe la atención que la prensa española dedicó al caso MacSwiney. Día a día se informaba de su salud, unos con mayor cautela o neutralidad (como La Vanguardia o El Sol) y otros tomando partido claramente contra “la abominable represión británica” (como el ABC o La Veu de Catalunya). Cuando el 24 de octubre Terence MacSwiney murió en Brixton tras 74 días de huelga de hambre, Inglaterra ya había perdido la batalla de la opinión pública internacional.
Otros dos presos republicanos acompañaron a MacSwiney en su último viaje. Una semana antes, el lunes 17, tras 67 días en huelga de hambre, había muerto Michael Fitzgerald y, unas horas después, el día 25, iba a morir Joseph Murphy en su 76º día de huelga de hambre. El día 28 de octubre miles de personas acompañaron hasta la estación londinense de Euston al cortejo fúnebre de Terence MacSwiney, que iba encabezado por voluntarios del IRA y por miembros del Dáil (Parlamento irlandés) y del Ayuntamiento de Cork. Desde allí los restos fueron trasladados en tren hasta Holyhead. Sin embargo, el Gobierno británico, temiendo la respuesta popular a la llegada del cuerpo de MacSwiney a Dublín, se apoderaron de él y lo trasladaron por mar directamente a Cork. Ya en la Casa Consistorial, millares de personas desfilaron ante su cuerpo para mostrarle sus respetos. MacSwiney fue depositado en el terreno republicano del cementerio de San Finbarr, al lado de su amigo y camarada, MacCurtain, anterior Alcalde de Cork.
“Confío en que mi muerte hará más por destruir el Imperio británico que mi liberación”, dijo MacSwiney durante su ayuno. Tras su muerte, la huelga de hambre colectiva en la prisión de Cork todavía continuó durante tres semanas más. Los nueve prisioneros que la mantenían la dieron por terminada el 12 de noviembre. Para entonces, la posición de Londres ya era insostenible políticamente.
Mayo 11, 2007 at 8:20 am
Un personaje que dejó una importante huella en Irlanda y que contribuyó con sus escritos y actividades políticas a la liberación de una parte de aquella isla. Sus últimas palabras antes de morir reflejan esa determinación: “I want you to bear witness that I die as a Soldier of the Irish Republic.”, así como estas otras: “It is not those who can inflict the most, but those that can suffer the most who will conquer.”
Hay un libro muy interesante( y recomendable) que refleja algunos aspectos de su trayectoria: Francis J Costello, Enduring the Most: The Biography of Terence McSwiney. Dingle: Brandon Books, 1996.
Mayo 12, 2007 at 9:30 am
Cuantas grandes historias son desconocidas por el gran público. Al igual que los periódioos y las teles, a veces los libros de historia lo que hacen es una memoria selectiva y el injusto olvido de lo que no cabe entre sus páginas.
Mayo 12, 2007 at 4:09 pm
Hace bien Txente en recordar la gran frase de MacSwiney sobre el sufrimiento y a victoria. La muerte del Alcalde de COrk tuvo repercusión más allá de las estrictas fronteras irlandesas; paréceme recordar que en Catalunya, un poema (creo que Ventura Gassol, colaborador de Francesc Macià) recordó ja a mediados de les veinte su gesta en pro de la liberación irlandesa. Pero este tampoco sería el espacio adecuado para exponer las relaciones entre el independentismo irlandés y catalán …
Puestos a recordar frases, me encanta también la del camarada Sands: “Our revenge will be the laughter of our children”.
Tan ar lá!